¿Piensas ir a Viena? ¿Quieres saber cómo ir del aeropuerto hasta el centro? ¿Te gustaría asistir a un concierto? ¿Cómo ahorrarte las colas de Schonbrunn? ¿Cómo hacer una excursión de un día a Bratislava? ¿qué visitar? ¿Te apetece saber a qué huele una tarta Sacher? ¿Cómo usar el transporte público? Sigue leyendo, éste es el blog más práctico, fresco y sincero de toda la red..., para todo lo demás vete a la nube.
Jueves 5 de junio
Repasemos: llevo las tarjetas de embarque, el DNI (no hace falta pasaporte ni para Viena ni para Bratislava), y la maleta cargada con ropa semiestival. Las diferentes webs consultadas dan previsión de calor en aumento: es el mes de junio y parece agosto.
El vuelo Barcelona-Viena dura 2 horas y 20 minutos, tiempo suficiente para que unos echen una cabezadita y otros probemos mil posturas ante la incomodidad del asiento. Aprovecho la imposibilidad de dormir para nuevamente ojear mis anotaciones sobre Viena extraídas esencialmente de www.wien.info y www.disfrutaviena.com, pero sobre todo de los diferentes blogs de viajes que he consultado, en muchos de los cuales echo en falta un cierto aspecto crítico. Yo, con este blog, tan solo quiero colaborar con aquél que tenga previsto viajar a Viena, y por otro lado, poder releer mi propia historia cuando la nostalgia lo precise.
Ya en el aeropuerto de Viena recogemos las maletas y unas enormes máquinas verdes incitan al turista a comprar tickets para ir al centro. Se publicitan como CAT (City Airport Train) y es la más cara de las opciones si excluimos el taxi.
Estas son las típicas opciones de transporte:
a) Bus; trayecto 22 minutos; precio 8€.
b) Tren S-7; trayecto 25 minutos; precio 4,20€.
c) CAT; trayecto 16 minutos; precio 11€.
d) Taxi.
Escogemos la opción del tren S-7 ya que no nos vale la pena pagar 7€ más del CAT por tan sólo llegar 9 minutos antes.
Llegar hasta el S-7 es fàcil: seguimos las indicacions de 'OBB' que nos envían hacia la izquierda después de haber recogido las maletas, y se baja por una amplia rampa donde enseguida hay unas máquinas donde comprar los tickets. En las máquinas pone 'Fahrkarten' y se deben comprar los tickets para ir al centro (4,20€/persona). A continuación, en las pantallas de información de trenes, buscar el S-7 para saber la hora y la vía por donde sale vuestro tren. Antes de bajar las escaleras mecánicas hacia la vía hay otra pequeña máquina donde hay que validar el ticket. Se hacen un total de 8 paradas hasta Wien Mitte Landstrasse (ver plano en www.wienerlinien.at).
Es probable que desde el andén veais pasar el verde tren del CAT lleno de turistas, que no viajeros, que llegarán a su destino 9 minutos antes que vosotros.
En Wien Mitte Landstrasse se enlaza con la línia 3 del metro (U3) y desde allí cada cual sabrá dónde está su hotel. Por cierto, el mismo ticket del tren del aeropuerto sirve para toda la red de metro, o sea, que no hace falta comprar uno nuevo, ni validarlo de nuevo, claro está.
Nosotros nos dirigimos hacia el Hotel Kummer, en la Calle Mariahilfer, reservado a través de www.booking.com. Nos bajamos en la estación de U3 Neubaugasse y... ¡voilà!... tan solo salir del metro nos topamos con él. La calle Mariahilfer es un hervidero de gente, de terrazas, de tiendas de moda; es una de las calles comerciales por excelencia y aunque está fuera del Ring, o sea, del núcleo histórico de Viena, alojarse aquí ha sido todo un acierto: el precio es más barato que en pleno centro y además el metro en la misma puerta suple cualquier carencia al respecto.
El Hotel Kummer ocupa un edificio de bella factura. Su entrada es elegante, su personal cordial y el desayuno más que correcto. El principal problema ha sido la ausencia de persianas o, en su defecto, de unas cortinas más opacas que no permitieran entrar la claridad del día a la intempestiva hora de las 5 de la mañana.
Nos instalamos y sin más demora salimos a buscar la ciudad. Para la ruta de los diferentes días hemos tenido en cuenta los horarios de los museos, monumentos y demás visitas, generalmente hasta las 18:00h, así como los horarios de los comercios. En este sentido decir que la mayoría de comercios cierra entre las 18 y las 19h dependiendo del día, estando cerrado casi todo el domingo.
Queremos empezar cuanto antes, así que compramos la más que recomendable tarjeta de 72h de transporte público (15,40€). También existen tarjetas de 24h (7,10€) y 48h (12,40€). El título sencillo cuesta 2,10€, o sea que el precio se amortiza enseguida. Hemos descartado la 'Vienna Card' ya que los descuentos que ofrece son pequeños y tan solo sirven para visitas secundarias que no tenemos previsto realizar. Validamos las tarjetas y tomamos el metro hacia Karsplatz, nuestra primera visita.
Se trata de una gran plaza y animado punto de reunión donde en su día seguro destacó el estanque en cuya agua se debería reflejar la esbelta figura de la Iglesia de San Carlos, que se yerque a su espalda. Hoy en día es imposible pues el color del agua no es el más adecuado. Junto al estanque un chiringuito ha convertido el lugar en un espacio chill-out, pero si consigues levantar la mirada lograrás ver una magnífica iglesia barroca con dos retorcidas columnas que narran, en relieve, escenas de la vida de San Carlos Borromeo.
Queremos entrar pero son casi las 18h, hora del cierre, y la entrada cuesta 8€; no sé cuál de los dos argumentos pesa más (www.karlskirche.at; horario lu-sa, de 9 a 18h, do 12-19h). Eso sí, el precio incluye acercarse en ascensor hasta casi la cúpula y ver sus frescos casi al alcance de la mano.
Junto a la entrada lateral de la iglesia una chica reparte folletos: mañana, viernes 6 de junio, en la cripta de la iglesia unos jóvenes músicos tocarán el concierto de Antonio Vivaldi, Las Cuatro Estaciones. ¡Eso sí que estaría bien! (en la misma web de la iglesia hay información sobre los conciertos en la cripta).
El calor aprieta, pero Viena es conocedora de esta situación y se han instalado en diversos puntos de la ciudad unos modernos módulos a modo de fuente donde poder beber o rellenar una botella de agua (apuntad estos sitios porque pueden ser de mucha utilidad, sobre todo en verano cuando el calor sea más sofocante: Karlsplatz, a unos metros del estanque; Heldenplatz, junto al edificio del Neue Burg; y en la confluencia de la Calle Graben con Kärntnerstrasse). Ni que decir tiene que es totalmente gratis y que el precio de botellas de agua y otros refrescos en las tiendas es desorbitado.
Continuamos la ruta cruzando el Ring, la amplia avenida en forma de anillo que circunda el núcleo antiguo de la ciudad. Un pequeño inciso: los semáforos duran escasísimos segundos en verde para los peatones, hasta el punto de tener que correr. ¡Ya veréis, ya!
Al llegar a la Opera nos llama la atención un centenar de sillas apostadas junto a un lateral, llenas de gente sentada y atendiendo a una pantalla gigante donde se ve, en directo, la obra que representan en la sala de la Opera. Aprovechamos unas sillas vacías y descansamos las piernas simulando cierto interés por la obra, si bien, en apenas un minuto finaliza el acto. Los que se van, vinieron a ver la obra; los que nos quedamos éramos meros turistas recuperando la energia en las piernas.
Podríamos decir que a partir de la Opera comienza el espectáuclo: miles de personas pasean, compran, charlan, consumen..., se dejan ver entre tiendas caras..., a uno y otro lado hay edificios inmensos, históricos, imperiales. A diferencia de otras zonas del núcleo antiguo en las que el paseo se hace monótono y pesado aquí, la diversidad de comercios y el ajetreo de las calles le ofrece mucho atractivo. Alejarse de esas calles principales implica caer en una cierta monotonía, pues son manzanas largas con grandes bloques de edificios que no permiten aquel agradable callejeo de ciudades más recogidas.
Son las 19h y los pasos nos llevan a la Catedral de San Esteban, y aunque el horario turístico es hasta las 16:30h, aprovechamos el horario de culto (de 7 a 22 h) para visitarla (www.stephanskirche.at; horario turistas lu-sa 9-11:30h y 13-16:30, do 13-16:30h; horario de culto, de 7 a 22h).
La Catedral es gótica, altísima, con un rico interior y numerosos altares. Sin duda hay que verla, aunque desgraciadamente me queda en la retina lo enormemente feas que son sus critaleras. ¡Qué desacierto! Apenas vemos un trozo de la catedral ya que están haciendo misa y el acceso está limitado, pero seguro que está llena de detalles interesantísimos.
Os apunto diversas posibilidades para visitar la Catedral:
- Visita Nave Central: gratis.
- Visita Torre Norte: en ascensor (campana Pummerin); 5€.
- Visita Torre Sur: 343 escalones; horario de 9 a 17:30h; 4€.
- Visita guiada Catedral: 30 minutos, en inglés; punto de encuentro en el púlpito; 5€.
- Visita Catedral + Audioguía + Catacumbas + Dos torres + Tesoro: 16€.
Al salir, contemplad, aunque no haya ninguna perspectiva idónea, su colorido tejado formado por 230.000 tejas esmaltadas en varios colores, así como sus dos torres. Es probable que desde diversos puntos de la ciudad las veáis y os sirvan de referencia. Menos probable será que oigáis a la vieja Pummerin, la famosa campana de la torre Norte, que suena tan solo unos cuantos días al año, entre otros el 31 de diciembre a las 12 de la noche para dar la bienvenida a un nuevo año mientras la Stephanplatz (la plaza) está abarrotada de vieneses y turistas a los pies de la Steffi, nombre cariñoso que le dan a su catedral.
Las calles siguen tomadas por la gente y la temperatura acompaña al paseo, pero el ajetreo de todo el día de viaje empieza a provocarnos cierto mareo. Hemos comido un mísero bocadillo en el avión y el estómago necesita carburante.
Cenamos en el Restaurante Figlmuller, que publicita su famoso 'Schnitzel' en enormes carteles en el aeropuerto y que goza del visto bueno de diversos bloggeros. Hacemos cola para entrar, así que parece que el éxito está garantizado.
Primer error: nos pedimos una 'Radler', cerveza con limón que intenta imitar a lo que nosotros llamamos una 'clara', pero nos la traen en botella, o sea, industrial, de manera que su sabor se divide infinitesimalmente.
¡Ya viene el Schnitzel! ¡Qué hambre! Devoramos los primeros bocados, pero cuando el estómago nos da una pausa y es el paladar el que manda nos viene una idea a la cabeza: ¡pero si el famoso 'schnitzel' no es más que carne de cerdo rebozada!. Sí, sí, aquella comida que cualquier madre le haría a sus hijos para salir del paso ha convertido en estrella a este restaurante en la escena gastronómica vienesa.
Cientos de turistas hacen cola diariamente para comer carne empanada. El 'schnitzel' en sí no decepciona. La carne es de calidad, y la presentan en un plato suficientemente pequeño para que el filete parezca más grande..., pero no nos llevemos a engaños tan solo es carne rebozada..., y por cada plato hemos pagado 13,90 eurazos.
Rematamos la cena infantil con un helado en la cercana heladería 'Zanoni & Zanoni', donde por 1'30€ te ponen un sabroso helado, y por 2€ un considerable cucurucho de dos bolas.
Helado en mano paseamos por el centro: en la Calle Graben destaca la 'Pestsaule' o Columna de la Peste, escultura que homenajea el final de la epidemia de peste en la ciudad..., proseguimos por la Calle Kohlmarkt hasta toparnos de cara con la Michaelertor, puerta imperial que da entrada al Hofburg y cuyos arcos desembocan en la Heldenplatz, enorme, inmenso espacio abierto donde los autobuses esperan a sus turistas, y cuyo encanto es prácticamente nulo.
Nos vamos apagando, como el día, mientras nos acercamos al hotel. El sueño nos puede. Mañana más.
Viernes, 6 de junio
Y mañana empieza a las 5 de la mañana. No por gusto, no, sino porque las leves cortinas de la habitación dejan entrar tal claridad que me desvela. No logro mas que adormecerme por breves ratitos hasta que llega la hora acordada para desayunar.
Croissants, zumos, café, yogurts, frutos secos, tostadas, embutido, mermeladas... Energía no nos faltará. ¡Mochila... y... para Schönbrunn, la gran visita de hoy!
La emperatriz Maria Teresa se encaprichó en tener una casita de campo para los meses estivales y aprovechó unos terrenos que su padre, Carlos VI, tenía en lo que entonces eran las afueras de Viena. ¡Y ahí está! Tocho sobre tocho, recontruyó una vieja mansión de campo..., y como no pagaba ella se hizo un Palacio que siempre mola más. Aparte de ser la residencia oficial de verano, el Palacio se hizo famoso por ser escenario de la trilogía del cine que narraba la vida de otra de sus ilustres caseras: Sissí, que se convirtió en emperatriz al casarse con Francisco José I.
Pero en el fondo Maria Teresa era una gran estratega y, sin duda, sabía que había hecho una gran inversión a largo plazo porque en la actualidad somos miles los turistas que inflamos las arcas del estado pagando entrada para ver aquel Palacio (www.schoenbrunn.at; horario palacio 8:30-17:30; de pago; horario jardines, de 6:30 a 21h).
Opciones de entrada:
- Imperial Tour: 22 estancias; duración 30-40 minutos; 11'50€.
- Grand Tour: 40 estancias; duración 50-60 minutos; 14'50€.
- Sissí Ticket: incluye Grand Tour + Hofburg (éste es el otro palacio que está en el centro).
Llegar a Schonbrunn es extremadamente sencillo: metro U4 parada Schonbrunn; aunque también existe la opción, como hicimos nosotros, de coger el tranvía 58 que sale desde la parada de metro U3 Westbahnhof (muy bien indicado) y que te deja casi en la puerta del palacio (parada Schloss Schönbrunn).
Nosotros habíamos comprado las entradas anticipadamente por internet (en su web). Te imprimes desde casa unos documentos que hacen las veces de entrada; así que evitamos la primera de las colas. Se accede al recinto del palacio a través de un inmenso patio, donde unas ornamentadas carrozas hacen fila, como taxis, ávidos de turistas adinerados.
Accedemos al palacio en sí dirigiéndonos hacia la izquierda, donde hay una serie de servicios tales como consigna de mochilas, lavabos o tienda de souvenirs, e inmediatamente se inicia la visita de las estancias imperiales, para lo cual se forma una nueva cola que también conseguimos salvar gracias a llevar el Sissí Ticket.
Por cierto, ahí va un consejo: la visita se hace con audioguía (opción en castellano), para lo cual es más que recomendable llevarte unos auriculares (ellos no los prestan), así no tendréis que aguantar la audioguía levantada junto a la oreja durante todo el rato.
La visita a las estancias imperiales se hace muy amena, y además la audioguía es muy concisa y nada engorrosa. Muchos turistas pasan las habitaciones viendo sillas, escritorios, relojes, camas y objetos diversos..., pero si atiendes la audioguía y llevas una dosis de imaginación verás a Francisco José trabajando en su escritorio, recibiendo visitas de dignatarios extranjeros, o a Sissí peinándose ante su espejo..., o a sus criadas ornamentando la mesa para que los consortes se pasen la cena sin mediar palabra...
Para mi una mención sobresaliente, y que suele pasar desapercibida, son los suelos de parquet de ciertas estancias. En ocasiones, semiocultos bajos moquetas para que los turistas no estropeemos el suelo original, dejan entrever magníficos suelos con formas rocambolescas. Insisto: precioso. No solo miréis arriba, echadle un ojo a esos suelos.
Después de la visita interior toca darse un paseo por sus cuidados jardines y sus inmensas fuentes, que dan para más de una foto..., así como subir zigzagueando la colina que se eleva frente al palacio y desde donde, una vez coronada, las vistas pagan el esfuerzo. El enorme palacio queda pequeño ante la inmensidad de la ciudad de Viena, que se extiende a su espalda.
Abandonamos palacio y jardines con la sensación de no salir defraudados de la visita por excelencia de cualquier viaje a Viena.
Nuestra ruta prosigue por el Palacio Belvedere, para lo cual aprovechamos el transporte público: U4 en Schonbrunn hasta Karlsplatz y aquí tranvía 'D' hasta la parada 'Altes Belvedere'.
La temperatura cercana ya a 30 grados hace necesario una buena sombra, pero en el Belvedere no hay más de la que puede ofrecernos una margarita.
El Palacio Belvedere, o mejor dicho los dos Palacios, son estructuras renacentistas construidas sobre un terreno en pendiente. Un palacio en la parte alta..., jardines en medio..., y otro palacete en la parte baja. Se los hizo construir el Duque Eugenio de Savoya, héroe de la guerra contra los turcos, y fue tal su lujo que Montesquieu llegó a decir "interesante país en el que los súbditos viven mejor que el propio rey".
En el interior del Altes Belvedere (www.belvedere.at) hay un museo de pintura donde se exhibe orgulloso el ultrafamoso cuadro de Gustav Klimt, 'El Beso', junto a otras obras. No valoro el museo ya que nosotros obviamos esta visita.
El acceso a los jardines es gratuito. Es una visita rápida que como suelo decir da para alguna foto, si bien, a mi gusto, está algo descuidado y las flores no lucen más que llegando al Bajo Belvedere. No lo recordaré especialmente.
Hemos hecho coincidir nuestra ruta con la cercanía del Restaurante Salm Brau, donde tenemos reserva hecha por internet en su web (www.salmbraue.at). Nuevamente se trata de un restaurante muy recomendado por otros bloggeros. Las mesas son grandes, todo revestido de madera, y la decoración muy adecuada..., y cuando nos traen la comida casi se nos caen las lágrimas: costillas y codillo excelentemente cocinados y que sacieron nuestra hambre del día y nuestra 'sed de venganza' de la cena del día anterior. Repetiría, sin duda. El precio, unos 22€ por persona, incluye una refrescante cerveza de elaboración propia.
Aprovecho para comentar algunos tipos de cerveza: la 'helles' es la rubia, típica vienesa; la 'marzen' es roja; la 'weissen' es de trigo, de menor graduación y más idónea para quien no le guste en exceso la cerveza; podríamos añadir la 'radler', que es helles con limón, tipo clara (aunque la embotellada pierde mucho); y por último, la 'russen', que es como la radler pero con cerveza de trigo.
Dos anotaciones más: para beber cerveza de barril, en alemán se pronuncia 'fon fass' (escrito 'von fass'); y por otro lado si pedís agua recordad que en muchos sitios de Europa la ponen con gas..., si la queréis sin gas, o sea, como la que nosotros consumimos normalmente ha de ser 'ohne gaz' (sin gas).
¿Cansado de leer? Vamos a coger un tranvía.
La zona turística de Viena se recorre con tres tranvías básicamente: el '1' y el '2' y el 'D'. Desde ellos se pasa por la Opera, Hofburg, Volksgarten, Rathaus, la Bolsa, el Danubio, el Parlamento...
Subimos al '1'. Son las 4 de la tarde. El calor es tórrido y el efecto invernadero de los cristales del tranvía nos deja adormecidos. Hemos escogido un trayecto largo para reposar la comida pero en algunos el efecto llega a los ojos.
Pasamos junto al Danubio, pero ni el cielo raso le da el más mínimo color azul. Junto a Schwedenplatz se reúnen gran cantidad de embarcaciones que deben hacer algún recorrido turístico pero esta parte del río se me antoja fea..., y también algún gran barco que navegará hacia Bratislava, la capital eslovaca que dista tan solo 60km de Viena. ¡Hoy no toca!
Apeamos en la parada 'Radetskyplatz' y seguimos las indicacions de KuntsHausWien. Sí, sí, vamos a ver el edificio del que llaman Gaudí de Viena. En apenas 5 minutos nos presentamos ante una fachada curiosa, de aspecto art nouveau y trazos asimétricos que le confiere personalidad y originalidad. En su interior, además de un museo, hay un imaginativo lavabo y una tienda de recuerdos donde creo haber encontrado la taza de mis viajes..., si bien debo estar preso por alguna alucinación: su precio, 54€. ¡Ni loco! Me gusta utilizar las tazas para almorzar los fines de semana y sonreir recordando el viaje, y no para ponerme de mala leche acordándome del precio.
La KuntsHausWien, que goza del visto bueno de gran parte de la comunidad viajera con elocuentes adjetivos, ha sido una pequeña decepción. Tan sólo recomendaría esta visita si no os molesta en la agenda, y mejor si además os apetece un café en su patio interior donde la sombra, el fresco y el ambiente 'art deco' sí que pueden valer un alto en el camino.
Volvemos al tranvía, esta vez para aterrizar junto a la Iglesia Votiva. El parquecito sombreado de delante incita a estirarse..., pero están a punto de ser las 18h y cerrarán la iglesia..., y suerte que no caímos en la tentación.
La Iglesia Votiva es sencillamente maravillosa. Se trata de una iglesia católica, neogótica, y con un rico interior..., y además sus vidrieras son espectaculares. Sin duda, la iglesia que más me llamó la atención en Viena.
Lástima que su fachada estuviera en obras y no pudiéramos contemplar sus dos torres gemelas de 99m. Tocadas las 18h el siervo de Nuestro Señor nos condujo hacia la puerta y, obviando el parquecito sombreado con aquella hierba que nos susurraba al oido, continuamos hacia el Rathaus (Ayuntamiento).
Del silencio monacal, al estruendoso ruido; del agua bendita, a la inagotable cerveza. La plaza del Ayuntamiento es hoy el escenario de no-se-qué fiesta y es difícil saber qué es superior, si el volumen de los altavoces o el nivel de alcohol en sangre de los asistentes. Todo el mundo bebe..., y alguno come. Las cervezas se sirven por decenas.
Debe ser alguna festividad local o estatal ya que sobre la imponente fachada del Rathaus cuelgan multitud de banderas austríacas. No nos detenemos en exceso ya que nuestro destino ya está escrito, o mejor dicho comprado. ¡Tenemos entrada para el concierto de Vivaldi!
Hemos consensuado darle un voto de confianza a nuestro guía pese a que alguno de los presentes creía que 'Cuatro Estaciones' era sólo un tipo de pizza.
Nos encaminamos hacia la Iglesia de San Carlos pasando por el Parlamento, de estilo griego, y la sobria Fuente de Palas Atenea que le hace de guardiana.
Llegamos a la Karlplatz y junto al estanque, a escasos metros de donde pretendemos oir nuestro primer concierto de música clásica, un grupo brasileiro tiene montada una macrofiesta que nos hace dudar de la insonoridad de la iglesia, mientras unos jóvenes remozan su incipiente borrachera en el agua del estanque.
El contraste es grande: jóvenes con tatoos, cerveza en mano y pecho descubierto esparcidos por la plaza, mientras ante la iglesia se forma una perfecta y ordenada fila de gente generalmente bien vestida esperando paciente el inicio de nuestro concierto. ¡Y nosostros, en medio, sin saber si dedicarle unos pasos a la samba, o dejarnos hipnotitzar por la batuta!
¡Se abren las puertas! ¡Tomamos asiento! Tenemos una posición privilegiada ya que nadie se sienta en las dos filas precedentes y nuestra visión del improvisado escenario es idónea.
¡Se cierran las puertas! ¡Entran los músicos! ¡Silencio!
La primavera: me dejo seducir por los primeros acordes de los violines...; donde Vivaldi quiso ver pájaros, fuentes, flores, agua..., a mí se me representan sol y amor..., mi primavera es una hermosura vestida de blanco, es ilusión, es una nueva etapa en la vida... Mi primavera son unos días disfrutando de mi gran pasión... Tan solo los aplausos me devuelven a la realidad, que enseguida conectan con...
El verano, con el merecido descanso..., para mí el verano es una mirada, es familia, es claridad..., es arena fina...; donde Vivaldi imaginó tormentas yo veo sus gotas vestidas de mis lágrimas..., el final del verano siempre es triste y los violines suenas lentos, suaves, como el corazón que deja de latir...
Y cuando caen las hojas una nueva vida llena mi corazón..., unas manitas, una piel suave..., el otoño son nubes, son hojas caídas, son chubascos que se abrazan al sol...; clavicordio, violín, violonchelo..., las notas se esparcen por la Iglesia de San Carlos; el ritmo, en ocasiones frenético, nos da el calor necesario para afrontar...
El invierno, que trae lluvias, nieve, niebla, frío..., para mí el invierno es una manta en el sofá, es la emoción de los regalos, es una medalla de 42km de grande..., pero sobre todo es una princesa, es inexperiencia, es saber que el amor se puede multiplicar...
Y entonces la piel se te pone de gallina cuando el público ovaciona a los músicos, puestos en pie..., durante una hora y veinte minutos hemos vivido las cuatro estaciones, hemos mezclado emociones propias con las que soñó Vivaldi.
Hay veces que el bolsillo duda, pero cruzad esa línea y seréis recompensados..., una mágica sensación que no quisiera olvidar ni cuando los años me obliguen al olvido.
Todavía con el eco de las notas musicales ojeamos el interior de la Iglesia de San Carlos..., está bien cuidada, su barroco es interesante pero la fea e inoportuna estructura metálica que debe servir para los trabajos de restauración y para acceder más arriba le hace perder enteros.
Salimos entonando las Cuatro Estaciones..., la música y especialmente los violines nos han enamorado.
Ante la cercanía del Naschmarkt y dado que son cerca de las 10 de la noche, decidimos acercarnos para ver si cenamos algo. Había leído que durante el día el Naschmarkt era un colorido mercado de alimentación, cosa que no dudo pero que no puedo corroborar..., y que por la noche se convertía en un animado espacio para cenar; esto último requiere una alta dosis de imaginación, o un alto grado de etilismo. Se trata de un lugar cutre, con algún que otro restaurante oriental y del cual huimos en dirección al centro.
Acabamos cenando unas enormes porciones de pizza a 3€ en una pizzería a escasos metros del Zanoni & Zanoni de ayer..., y así de paso otro heladito de postre.
Y entonando a Vivaldi, con ya noche oscura, buscamos el camino de vuelta al hotel. ¿Es primavera? Tarará, tararà, tararara... Tarará, tararà, tararà... ¡Silencio, silencio!
Sábado, 7 de junio
Tarará, tararà, tararara...
¡Qué caprichosa es la mente! Se te mete una sintonía en la cabeza y es difícil deshacerte de ella.
Después del fugaz desayuno (hoy sólo hemos estado 45 minutos), nos lanzamos por Mariahilfer Strasse hacia el centro.
Entramos los segundos en el Museo de Historia del Arte, tan sólo por detrás del conserje. Son las 10 de la mañana (www.khm.at). Arte egipcio, romano, griego..., salas y más salas con todo tipo de objetos hasta que los siglos y las civilizaciones corren con excesiva celeridad y encuentro cierto desorden. Esta parte del museo me ha parecido muy interesante aunque la aglomeración de objetos hace recomendar no ser exhaustivos.
Subimos por unas majestuosas escaleras al piso superior donde nos espera la colección de pintura. Bajo mi punto de vista, excepto algunos cuadros de Rubbens, Canaletto y Brueghel el Viejo, el resto es un serial de obras de segundo orden. Debo decir que mi manera que ver el arte es primero contemplar el cuadro y después mirar el autor, en contra de la más que extendida moda de creer que todo lo que pintó alguien famoso debe ser bueno de por sí.
Después de dos horas en el museo fuimos hacia el Hofburg para rematar el Sissi Ticket con tres espacios diferenciados: el Museo de Porcelana y Platería es una auténtica horterada y además se puede hacer con audioguía de 30 minutos. Nosotros estuvimos un minuto y medio como mucho en este museo pero creo que verlo todo y oir la audioguía entera equivale a haber hecho el Camino de Santiago de rodillas.
El segundo espacio es el Museo de Sissí, que también se hace con audioguía y que suscita opiniones contrarias en los asistentes. Se trata de un seguimiento casi exhaustivo de la vida de Sissí. Para mi es una visita pasable pero los contenidos de la audioguía son largos y pesados.
El tercer espacio lo componen las Estancias Imperiales, cuya visita merece la pena si bien tendemos a compararla con la excelencia de Schonbrunn, y en esa batalla el Hofburg siempre pierde.
Salimos del Hofburg con hambre y, camino del restaurante, unos japoneses le hacen fotos a la cabeza de un caballo que asoma en las cercanas caballerizas, allí donde en determinadas fechas los lipizzanos, caballos de la Escuela Española de Equitación, dan un espectáculo cuyo prohibitivo precio, entre 26 y 158€ nos hace alejarnos al galope.
Comemos en el Restaurante Augustinerkeller, junto al Museo Albertina. La luz ténue lo dota de una atmósfera agradable, y la comida es más que correcta, sin embargo, respecto a lo que había leído, me voy con la sensación de que es un lugar que empieza a decaer, o quizás es que, como en muchas otras ocasiones, los comentarios favorables estaban adornados de un exceso de entusiasmo.
Al salir a la calle el sol se quiere vengar de los turistas. Sólo faltan las chicharras. No es momento para pasear, así que..., ¡a pasear!
Le echamos un pulso al sol: los bikinis y el suave césped del Burggarten nos tientan sobremanera, pero tras las fotos de rigor junto a la Estatua de Mozart proseguimos por el Ring hasta el Volksgarten, el parque más floreado de Viena, y donde unos bancos a la sombra nos gritan con insistencia..., pero otra vez ganamos y cruzamos el desierto de la Heldenplatz hasta el oasis de la Michaelerplatz. ¡Aquí ya hay agua!
Ya en el 'zoco' nos desesperamos buscando regalos entre las calles Graben y Karntner. Llega un momento en que caminamos sin sentido, poseidos por el impacto del sol.
Con el ánimo en pleno descenso el guía insiste en su pulso al sol: vemos el Ankeruhr, la Plaza Am Hof y la Plaza Freyund..., pero tan sólo son un espejismo de lo maravillosas que leí que eran..., o quizás es que el sol nos ha vencido.
En Schottentor montamos en un camello con forma de tranvía, y el sol se ceba con nosotros a través de las ventanas hasta que bajamos junto al Hotel Sacher. ¿Habremos ganado o habremos perdido? Una Tarta Sacher nos espera, ¿será un premio o un castigo?
Con la espalda mojada en sudor tomamos asiento en la coqueta y elegante sala de cafés del Hotel Sacher, donde sirven la original Tarta Sacher. Una contemporánea de Sissí nos toma nota: 'please, one capucchino and one Sacher Torte'. La emoción me puede. No me apasionan las tartas pero esta debe ser..., vamos..., la ostia. Y con el café me va a costar 10€, o sea, la reostia.
¡Ya viene¡! ¡Música maestro! Se oye la música nupcial. La Sacher, la archifamosa Sacher se besará con mi paladar y vosotros vais a ser testigos... ¡Qué cuerpo! ¡Qué curvas! El tenedor la desnuda, la acerca a mi boca..., 20 centímetros..., 15 centímetros..., salibeo..., 10 centímetros..., ya está aquí..., 5 centímetros... ñaumm.
Esperad un momento que ahora vuelvo, voy a buscar un diccionario porque esto quiero describirlo correctamente.
A ver, busco por la T..., Ti..., Tim...., Tim..., aquí está TIMO.
Nos hemos autotimado. Hemos hecho la gracieta de ir al lugar original, allí donde se inventó la Sacher, allí donde otros viajeros derramaron lágrimas de amor hacia aquella tarta..., y..., ¿para qué? Por ese precio uno se espera un sabor que perdure, una huella imborrable en el paladar..., es fácil no recomendar esta experiencia pero también es fácil que caigais en su tentación porque el viajero es aquel que experimenta en primera persona.
Agotados por el sol y burlados por la Sacher regresamos al hotel para reposar lo que debería haber sido una dulce derrota..., y tan sólo cuando aquél desaparece salimos de nuestro cobijo para acabar cenando en la Pizzeria Frascati en Barnabitengasse 3, muy cerca del hotel, donde nos deleitan con pizza y arroz, bañados con una refrescante cerveza. En el precio, 75€, 6 personas, se nota que no estamos en el Anillo; y en la agradable conversación con el dueño, un italiano de Puglia, se nota que aún no se ha impregnado de la sobriedad austríaca.
Camino de la habitación voy cuadrando los horarios del tren: mañana vamos a Bratislava. Bona nit.
Domingo, 8 de junio
¡Corre, rápido, el café! ¡Venga!
¡Va que llegamos!
¡Vía 11! ¿Dónde está la vía 11?
¡Un minuto, falta un minuto!
Acabo de describir la primera hora de este domingo, la más que ajetreada y estresante primera hora. Tan solo empezar a desayunar, con la mesa repleta de pastas, tostadas y cafés, me dio por comprobar por internet los trenes hacia Bratislava en la pàgina www.oebb.at, y el nuestro, el de las 10:21h había desaparecido de las pantallas. El Plan B: coger el de las 9:21h. Esa hora de diferencia implicó engullir el desayuno, salir apresurados del hotel, lanzarnos escaleras abajo por el metro, adivinar el tipo de ticket para Bratislava en las máquinas del tren y correr, literalmente correr, hasta la vía 11, donde tomamos asiento en un tren que en apenas un minuto saldría hacia Bratislava.
Maltratados por el sudor, tenemos una hora y seis minutos para tomar aire..., y también para explicaros las tres opciones para trasladarse a Bratislava:
- En barco: www.twincityliner.com; trayecto 1h 15 minutos; precio de ida 30€ de lu-vi, y 35 en fin de semana (sumadle otro tanto para la vuelta).
- En autobús: www.slovaklines.sk; www.postbus.at; www.eurolines.at; generalmente tienen salida junto a alguna estación de metro en Viena (mirad cada web), y llegada en Novy Most, en Bratislava (no lejos del centro); precio medio, 12€ ida y vuelta; trayecto medio 1 hora.
- En tren: www.oebb.at; indicando salida Wien Hauptbahnhof (que en los planos del metro indica Sudtiroler Platz - U1), y llegada Bratislava hl st.; trayecto 1h 6 minutos; precio 15€ ida y vuelta, e incluye transporte público en Bratislava.
Llegados a Bratislava, salimos a la calle y subimos al bus X-13, que nos lleva al centro en apenas 3 paradas.
El centro de Bratislava es pequeño y se recorre fácilmente a pie. Los pasos nos llevan hasta la plaza Primacialne Namestie, donde está el rosado edificio del arzobispo. En su parte alta se puede ver un gran sombrero negro que simula el usado por el clero. Las estatuas de los ángeles sostienen las letras I (Iustitia) y C (Clementia), lema del cardenal. En su patio interior hay una fuente con la estatua de San Jorge matando al dragón.
A través de un arco se accede a un pequeño patio porticado que comunica con el Antiguo Ayuntamiento, que a su vez da paso a la Hlavné Namestie, la principal plaza de la ciudad. Aquí está la Fuente de Maximiliano, de 1572, la más antigua de la ciudad. En la plaza está también el palacio más interesante de la ciudad, el Palacio Kutscherfeld, hoy embajada francesa.
Como es domingo casi todas las tiendas están cerradas y los turistan no invaden la ciudad. En la plaza unos cuantos se refrescan en la fuente, y la mayoría se protege del sofocante sol en la leve línea de sombra que proporciona algún edificio.
Aprovechamos la libertad de la plaza para fotografiarnos con un 'Soldado Napoleónico' que forma parte de una divertida idea: esparcidos por el centro de Bratislava una serie de curiosas estatuas animan e incitan el interés turístico, así que posaréis junto a un 'Paparazzi' escondido tras una esquina; o junto a 'Cumil', un obrero asomado desde una alcantarilla; o al lado de 'Schöne Naci', un galante personaje que saluda sombrero en mano.
Proseguimos hacia la Calle de San Miguel, repleta de restaurantes y pasamos bajo la Torre de San Miguel bajo cuya arcada está el típico kilómetro 0 que indica las distancias a varias ciudades del mundo. Pero el objetivo está mucho más arriba: el Castillo, para lo cual realizamos un empinado ascenso que nos vuelve a enfrentar al sol.
Se accede al Castillo por la llamada Puerta de Segismundo. El acceso es gratuito y no me extraña porque ni el Castillo ni las vistas merecen ni media foto. El Danubio, en este tramo más urbano, es feo y no consigo comprender qué le encontraron otros bloggeros que lo recomiendan, a no ser que les pase como en los museos, o sea, que les atrae más el nombre que el río en sí.
Volvemos al núcleo a través de un atajo de escaleras y buscamos la Catedral de San Martín, con su torre de color verde. Al llegar están cerrando y nos perdemos lo que creo debe ser una grata sorpresa. Aún así las calles circundantes compensan el paseo. Me parece la parte más auténtica de Bratislava, con suelos adoquinados y edificios medio derruidos.
Aprovechamos la cercanía de la rambla arbolada Hviezdoslavovo Namestie, donde la oferta gastronómica es variada, para hacer un alto para comer. Comemos en el Restaurante Verne, donde la sombra no tiene precio y la comida tiene precios bratislavos: 45€, 6 personas.
Volvemos a la ruta pese a que el sol amenaza con convertirnos en estatua. Estamos a 34 grados. Son las 3 de la tarde y mientras todos se apelotonan en la sombra nosotros turisteamos. Nos quedan apenas un par de horas en la ciudad y no hay lugar para el descanso.
Caminamos desafiantes hasta la Iglesia de Santa Isabel, más conocida como Iglesia Azul, en estilo Art Nouveau. Pese a que nos alejamos un poco del centro es una visita muy recomendable y tan sólo se me ocurre compararlo con un pastel hecho de fondant. Id.
Y ahora sí, vamos al Danubio. ¿Verde, azul, negro?
El paseo ribereño que los ideólogos de Bratislava han estructurado es de lo más desacertado. Han colocado unos bancos a la sombra desde donde se contempla... ¡un muro!
Sí, entre el paseo arbolado y el Danubio han levantado un muro suficientemente alto como para impedir las vistas al río. Ya sé que he dicho que aquí el Danubio es feo, pero mejor el río que no un horroroso murete.
Nos vamos despidiendo de Bratislava, una ciudad que no da para mucho más de un día pero que me ha parecido agradable y cuidada, una ciudad donde disfrutar de sus calles peatonales pero que está necesitada de otros atractivos turísticos.
Y así el tren nos devuelve a Viena, el cuidador y a la vez verdugo de Bratislava: por un lado su cercanía le permite atraer turistas accidentales en una visita intradía, y por otro lado, precisamente esa cercanía no le dejará jamás crecer para hacerle la más mínima sombra.
Esta noche, nuestra última noche en Viena, volvemos a cenar con nuestro amigo de Puglia, donde conversamos, reimos y hacemos balance del viaje..., y no sé si fruto de la cerveza o del trabajo bien hecho mis compañeros de viaje elevan sus jarras en homenaje al guía. ¡Salud!
Mañana regresamos a nuestra realidad diaria, con más energia, con más ánimo, con nuevas experiencias que escribir y contar..., y aunque hemos visitado alguna nueva ciudad tan sólo nos queda Un Viaje Menos!
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