sábado, 18 de julio de 2015

PIRINEO FRANCES Y AQUITANIA 2015


Sábado, 18 julio

Cuando empieza a despuntar el día ya estamos en ruta...,  unas 6 horas de camino hacia Hendaya, pueblo francés que hace de frontera con España, al otro lado del río Bidasoa.

Nuestro alojamiento, un camping. Aquí ya hay muchos que dejan de leer. De hecho, vamos a un bungalow con aire acondicionado, dos habitaciones, terraza, un comedor enorme, porticones en las ventanas..., y situados en una zona del camping con una paz celestial.

El bungalow es un ECO LODGE, y el camping es el eskualduna (www.campingeskualduna.fr), que valoro positivamente por su tranquilidad, y por su localización junto a la cornisa atlántica, a un corto paseo de los acantilados rocosos.

Después de comer en Hendaya y hacer un primer paseo por su paseo marítimo hicimos la entrada al camping. Ya sabéis, la parte aburrida: check-in, distribuir maletas, ponerse el bañador, darse un chapuzón en la piscina que sabe a gloria y estirarse en una hamaca a ver cómo pasa el tiempo.

Ahí va un saludo.





Y el día va cayendo. Y el silencio nos vence. Y la noche nos va robando el primer día.

Los porticones de las ventanas tienen un agujero que hace las veces de tirador, y a través de aquel agujero se cuela el domingo.



Domingo, 19 julio

Diferentes pajarillos se intercambian los buenos días, mientras desayunamos croissants que venden en el camping. Como malos campistas hacemos la compra básica en el Intermarché de Hendaya.

El domingo pasa loco: piscina, comer y descanso se suceden sin más. We are on holidays..., pero que empieze el viaje, ¿no?

Nuestra primera visita nos lleva a cruzar a la otra orilla del río Bidasoa, hacia España, al otro lado de Hendaya. Y así en apenas 20 minutos de trayecto en coche nos presentamos en Hondarribia. Que sepáis que existe la opción de hacerlo en barco desde Hendaya, a 1'80€ por persona, con la empresa www.jolaski.com, que tiene salidas cada media hora desde las 10:00h de la mañana hasta la 01:00 de la noche.





El núcleo antiguo de Hondarribia, parcialmente amurallado, es pequeño, muy pequeño. Accedemos a través de la Puerta de Santa María, de bella factura. Quizás por ser domingo nadie deambula, pero vale la pena echar un vistazo a sus callejas y edificios, y respirar un aire de nobleza junto al Parador Nacional en la Plaza de Armas.














No pudimos entrar a la Iglesia de Santa María por estar Dios ausente..., y no hay mas que leer las noticias para darse cuenta cómo de ausente.

Tras coleccionar estampas en la Calle Mayor y adyacentes bajamos a la Calle San Pedro, extramuros, la calle comercial por excelencia, donde cientos pero realmente cientos de personas se aglomeran en las terrazas de los bares. Parece que es la fiesta mayor de Hondarribia, por eso el casco viejo estaba vacío.




Buscamos dónde cenar, siendo misión casi imposible, no por precio ni por calidad, sino por donde poder sentarnos ya que con niños pequeños no podemos hacerlo a la vasca, o sea, de pie en la calle con un vaso de cerveza o vino y un buen trozo de charla.

Encontramos hueco en uno, donde tomamos unas tapas y la torrija más deliciosa que se haya servido en la historia.

Al regresar a Hendaya el camping duerme y, sentado en nuestra terraza, oigo como la brisa le susurra a los árboles...


Lunes 20 julio

Dedicamos la mañana a juguetear con las olas de la playa de Hendaya, y a esquivar surferos. La brisa marina hace las delicias para los amantes de ese deporte y moldea caprichosas formaciones rocosas, como las de las dos jorobas que caracterizan la estampa de esta playa.





Después de comer y buscar algo de cobijo sobre la bondadosa sombra del bungalow nos pusimos en ruta hacia San Juan de Luz.

Se trata, sin duda, de la población más interesante de esta zona. Una calle comercial, la Calle Gambetta, un par de recoletas plazas, un puerto con el telón de fondo de las bonitas casas con entramado de madera de Ciboure, el pueblo al otro lado del río, y lo que más me sorprendió: tras subir por cualquiera de las calles que parten de la Calle Gambetta encontramos la playa, con un poco menos que curioso paseo marítimo elevado y la típica imagen de las pasarelas que dan acceso directo a las casas.









Tampoco entramos en la Iglesia de St Jean Baptiste, ya que Dios financia su ausencia a 4€ por entrada.

El sol está cayendo y cuando muchos ya recuentan su bronceado nosotros buscamos sitio para cenar. Las callejas que ahora se alejan de la playa están repletas de restaurantes con menús cuyo precio delata la intención elistista de la población. Pese a ello nos dejamos seducir por uno de ellos: el Ogni Ethorri. Cenamos correctamente pero sigo sin ver justificado el precio, sobre todo porque con tanto visitante acabo percibiendo más una cocina para turistas que un menú bien elaborado, y el precio, creo, quiere justificar más la intención de lo segundo que la realidad de lo primero.

Una doble apreciación práctica sobre los restaurantes en general: si no sois maniáticos con el agua pedid 'garrafe d'eau' y os pondrán una jarra o botella de agua del grifo, sin coste, y que os rellenarán cuantas veces queráis (el agua embotellada tiene, en ocasiones, un precio desorbitado); y por otro lado, al respecto de las propinas, decir que en ningún restaurante la dejamos, desconociendo si es o no costumbre, si está o no incluida ya en la cuenta, o si incumplimos o no alguna, digamos, norma social.


Martes 21 julio

Hoy toca Biarritz, la que fue meca del surf y destino de adinerados bolsillos.

Aparcamos en un parking de pago a dos pasos del Casino y la playa, donde unos surfean olas y los bañistas esquivan surferos.

El día está tomado por unas nubes delgadas que hacen que el paseo sea muy agradable. Nos dirigimos hacia 'Le Rocher de la Vierge' bordeando el mar, paseando por miradores, rocas y pequeñas calas.


















Dejamos atrás el pequeño puerto de pescadores, con tres o cuatro restaurantes a un palmo del agua pero afeado por pasarelas de hormigón y furgonetas comerciales, para encarar la ascensión y recta final que nos lleva hasta 'Le Rocher'.









 Más que la virgen es la roca la que hace religioso el momento; más que la llamada de la virgen, debería ser la agradable brisa que corre en este entrante de mar, así como una extraña sensación de libertad la que te llamen a su regazo.

Echamos fotos rodeados de turistas, devotos y viajeros. Cada uno buscando su motivo: unos siguen su autocar, otros solo ven la virgen sin percibirse de la presencia del mar, y otros nos asomamos al horizonte desde donde, por cierto, se atisban unas nubes cada vez más oscuras y cada vez más cercanas. ¡Vale la pena acercarse!








Desandamos hacia el núcleo antiguo, pasando por la coquetísima playa del Port Vieux. En la calle del mismo nombre comienza una serie de calles peatonales que bien merece un paseo. Eso sí, de cada dos tiendas una está dedicada la surf, pero es aquí donde empezó esta estación balnearia.





Desembocamos en la Plaza Santa Eugenia, y pese a que la fachada de la Iglesia de Sainte Eugene puede llamar la atención, su interior deja indiferente.








Las nubes oscuras son ya agua sobre nosotros y decidimos comer allí mismo, en uno de los restaurantes de la plaza. Los preciós son de menú elaborado pero en esta ocasión el chef tiene contrato fijo o devoción por su oficio. Comemos unos deliciosos, abundantes y bien presentados platos que por unos instantes hacen cambiar mi opinión sobre la restauración francesa.

Cuando la lluvia remite un resol insoportable ciega nuestro paseo junto a la playa, donde advertimos la decadencia del casino y la multitud de turistas que, sentados en la terraza de algun bar, se exhiben solo por aquello de decir "yo estuve allí".

















Después todo fue regresar al camping, disfrutar de la piscina y dejarse seducir por la sensación de no hacer nada.


Miércoles 22 julio

Hoy he preparado una excursión ideal para ninos: Zugarramurdi, en la frontera interior, ya en España.

Se trata de una cueva no subterránea y que representa una sensacional excursión. Llegamos allí porque nuestro destino así lo dictaba, porque si hubiera sido por el GPS hubiéramos naufragado en el bosque.

A la entrada a la cueva hay un pequeño aparcamiento. Pagamos 4€/persona por las entradas (menores de 6 años, gratis) y seguimos el itinerario marcado.

Entre la belleza del lugar, la temperatura más que agradable y la buena organización de la cueva, pasamos un par de horas. Ríos, puentes, arboleda, recovecos, caballos, pasarelas, fotos, niebla y la magia de un lugar donde dicen habitaban las brujas, aunque más que encantado es un paraje encantador.

No os decepcionará esta excursión, seguro!!!









La programación nos lleva ahora hacia Ainhoa, un pueblo más o menos cercano a la cueva y que, dicen, es candidato a ser el pueblo más bonito de esta zona.

¡Y no hay color! Sin ninguna duda este pueblo no puede ganar jamás..., o el resto son terroríficamente horribles.

Recibe tantos visitantes que, en el plano puramente práctico, han habilitado un enorme parking y, si bien las casas muestran la arquitectura típica del lugar con entramado de madera, el pueblo no es más que un par de calles con las aceras repletas de coches mal aparcados de manera que te obliga a deambular por una carretera llena de coches.









La hora nos obliga a alargar la visita para comer y aunque la oferta es poca variada (casi nula), cosa que sorprende aún más, nos hacemos hueco en la terraza de uno de ellos,donde pese a estar situada la mesa sobre el asfalto no corremos peligro.

Comemos bien y justo al pagar hace acto de presencia el txirimiri, esa lluvia fina que casi no moja y cuyo frescor se hace agradable.

Dimos un pequeño paseo como dándole una nueva oportunidad a Ainhoa, pero a cada paso fue perdiendo credibilidad.

¡Una auténtica decepción!

Nos llevamos el gracioso txirimiri hacia el camping, si bien empezaba a ser algo cansino darle constantemente al limpiaparabrisas del coche.

¡No insultes nunca al txirimiri! En los 25 metros entre el aparcamiento del camping y nuestro bungalow nos visitó su hermano vasco, el chaparrón, y después..., más txirimiri...

El mismo txirimiri que caló nuestras toallas que estaban en el estendedor...; el mismo que nos impidió pasar la tarde en la piscina...

Y entre gotita y gotita se nos hizo la hora de cenar. Montamos al coche los cinco: mi mujer, las dos niñas, yo..., y el fango que el chirimiri dejó en nuestras suelas.

Atención padres: en Hendaya hay McDonalds. Comida basura pero visita obligada. ¡Ya se sabe!

Y después, otro momentazo, uno de esos momentos que tan solo llenan a unos pocos y quizás por eso sigue siendo un momentazo: pasear junto a la playa de Hendaya, con marea alta; allí donde esta misma mañana miles de bañistas se bronceaban al sol es ahora terreno engullido por el mar.

Paseamos casi solos. Hace fresco y nos acompaña el txirimiri. No le insultes y te regalará momentos como este.

Ssssss! Silencio. Todavía es posible que cierres los ojos y oigas las olas rompiendo en la orilla. No se si es magia o brujería pero esta sencilla muestra de la naturaleza es de por sí un momentazo.


Jueves, 23 julio

Me despiertan las gotas de agua al desmoronarse contra las hojas de los árboles. Ha llovido toda la noche, pero poco después el sol va maquillándole la cara al día, inundando el camping de un verdor brillante.

No hay remedio. El chirimiri ha empapado el césped de la piscina así que acumulamos holgazanería en nuestro bungalow. Y con tanta ansia se lo toma el cuerpo que incluso después de comer los ojos buscan reposo.

La tarde de hoy es un regalo a la caja de recuerdos de años atrás. En 2009 estuvimos unos días en San Sebastián y me enamoró. Hoy corro el riesgo de desenamorarme o de enloquecer de amor.

En apenas 30 minutos nos presentamos en Donostia, donde los besos de su arquitectura, los abrazos de su casco viejo, y las caricias del Paseo de la Concha, dotan al momento de una sensualidad casi erótica.

Si esto es amor no puedo decir más que Volveré.








Bueno, bueno...., volveré pero con un pero:  llegada la hora de cenar el paladar necesitaba 'montaditos', y ya sabemos que Donostia es una eminencia al respecto.

Pero quiso el infortunio que pese a recordar las exquisitices que nos sirvieron, nos acordemos más del engaño sufrido en la cuenta. Y no quiero explayarme más en los hechos pues me provocan malhumor, así que ni siquiera nombraré dónde me ocurrió..., tan solo que fue en la Calle Fermín Calberón y su nombre comienza por Bar y acaba en Tolo, ¡eh, Bartolo!


Viernes, 24 julio

Piscina, relax y maletas.

El día de hoy no tiene más. Mañana cambiamos de camping, así que alternamos piscina y descanso, y por la tarde preparamos las maletas, algo más llenas que al llegar. Nos llevamos el recuerdo de la muralla de Hondarribia, el pueblo que huele a torrija; nos llevamos un trozo de la playa de Hendaya; nos llevamos las ganas de haberle dedicado más tiempo a San Juan de Luz, la población más recomendable de la zona; nos llevamos el encanto de la Cueva de Zugarramurdi; o del reencuentro con San Sebastián; y nos llevamos un beso de la bendita decadencia de Biarritz, que la hace más mundana.

Mañana abandonamos el mar y vamos a buscar el verdadero motivo de este viaje: el Pirineo Francés, un lugar dónde la naturaleza es el único y suficiente motivo.

Nos espera una semana de éxtasis para los sentidos y tú puedes ser testigo.

¡Hasta mañana!





Sábado, 25 julio

La entrada al nuevo camping la debemos hacer por la tarde, así que hacemos del inconveniente una oportunidad..., y ganamos.

En el trayecto hacia el camping hicimos un alto en el camino en St. Jean Pied de Port, un pequeño pueblo muy turístico situado en la falda de una montaña y que es punto de partida de los peregrinos que harán el Camino de Santiago.

Desde el primer segundo te das cuenta que la atmósfera que rodea este pueblo es de calidez. Unas cuantas calles peatonales y edificios que lucen su antigüedad, tiendas, restaurantes y un río esperando ser fotografiado.













La presencia de peregrinos, como si eso fuera sinónimo de austero, provoca un descenso notable en el precio de los menús, que sin embargo no se ve reflejado en peor calidad.

O sea, que debe existir un punto donde el justo beneficio del restaurador coincida con la correcta alimentación del comensal.

Comimos en un restaurante a la sombra de unos árboles, y protegidos por la muralla de la ciudad. El trato excelente, la comida correcta y acorde al precio.





Abandonamos St. Jean tras un paseo por su muralla con la sensación de que nos ha faltado conocerlo mejor, pero el viaje sigue.





La reconciliación con el GPS es total y nos presentamos en el camping, sin rodeos, hacia las 6 de la tarde. Se trata de "Les Trois Vallees", situado a la salida d'Argeles-Gazost.

Debo decir que nos recibieron con los brazos abiertos, si bien, boquiabierto me debí quedar yo al alzar la mirada y por doquier ver enormes montañas. Estamos rodeados por aquellos míticos puertos del Tour de Francia: en unos kilómetros a la redonda están los Luz-Ardiden, Cauterets, la Mongie, Tourmalet, Aspin, Aubisque...

No soy fanático del ciclismo ni buscador de autógrafos pero dibujarme diminuto entre aquellas montañas me permite sentirme enorme en este viaje.

El camping tiene todo lo necesario para pasar unas excelentes vacaciones en familia: piscinas exteriores con toboganes, piscina interior, parque infantil con inflables, animación nocturna, miniclub para que los niños hagan actividades, restaurante y bastante fresquito..., además, a escasos 25 metros pasa la Vía Verde por donde correr, pasear o ir en bici es un auténtico goce cuyo único riesgo es quedar prendado por el paisaje montañoso.




Domingo, 26 julio

Hace fresco. Hemos dormido incluso con edredón y las montañas se despiertan con niebla.

Mi hija pequeña afirma haber visto unos conejitos correteando junto al bungalow y por un momento dudo si la proximidad de Lourdes (ciudad de peregrinación religiosa) le habrá provocado una difusa aparición mariana.

Pero no, los conejillos son reales y enseguida busca algo con lo que alimentarlos, como en su día alguien alimentó aquella farsa que hace de Lourdes una ciudad donde la gente busca excusas para la muerte.









Hoy tan solo toca habituarse a nuestro nuevo alojamiento y disfrutar de las bondades del camping. Así, las niñas y hasta yo estamos media mañana bajando por los toboganes de las piscinas, el agua climatitzada de las cuales se agradece.

Por cierto, a escasos 2 km del camping, o sea, a tiro de piedra en coche, hay un enorme supermercado donde provisionar suficientemente.


Lunes, 27 julio

La mañana la dedicamos al 'Parc Animalier', al cual se puede ir caminando desde el camping en apenas 5 minutos.

La visita dura entre 2 y 3 horas, y en su interior hay restaurante y varias zonas de pic-nic (más información de horarios y precios en www.parc-animalier-pyrenees.com).

El recorrido está muy bien señalizado y la visita se hace muy agradable, sobre todo porque no se trata del típico zoo de ciudad, donde tras las 'cárceles' de animales se alzan edificios de vecinos, sino que los animales disfrutan de un vasto espacio en la montaña donde osos, lobos, linces, nutrias, gacelas y otras especies se comportan como buenos vecinos.
























Los niños tienen allí varios momentos especiales: un guía deja acariciar y dar de comer a las marmotas mientras los padres enloquecemos por la foto perfecta; y otro momento destacado para los más pequeños es entrar al espacio de las cabritas, que buscan ansiosas el pienso que los padres compramos a 50 céntimos.
















También encontraréis un espacio con una fotogénica exposición de escenas de caza y otros animales que en este zoo no están representados.




















Aquella tarde tan solo nos quedaba ya resolver un puzle de cuatro piezas:  sol, piscina, hamaca y toboganes..., y encajaron a la perfección.


Martes, 28 julio

El camping está en absoluto silencio cuando a las 8 de la mañana nos apresuramos en desayunar.

Hoy el día huele a montaña, a excursión de las que emocionan, a día grande. Vamos al 'Pont d'Espagne' y 'Lago de Gaube', la naturaleza en todo su esplendor.

Tomamos el coche en dirección a Cauterets. No hace fresco, hace frío. Al llegar a Cauterets comienza a insinuarse el espectáculo de agua, y en los 7 km de ascenso hacia Pont d'Espagne es casi imposible no detener el coche para fotografiar alguna cascada.




La carretera desemboca en un inmenso parking (Parking de Puntas, de pago), donde ya se aglomeran bastantes excursionistas que ocupan más o menos una octava parte del parking.

Existen dos opciones partiendo desde el parking:  subir caminando en una excursión de poco más de 1h30' pasando por el Pont d'Espagne y su famosa cascada; o hacerlo, primero en un telesférico que en 5 minutos remonta el primer tramo (de manera que te pierdes el Pont d'Espagne), para a continuación subir a un telesilla y en 12 minutos más hacer la ascensión total.

Una vez arriba, un camino por el que cada paso es una fotografía te lleva, en apenas 15 minutos, al maravilloso 'Lac de Gaube'.







El sol va ganando espacio, y el polar vuelve a su sitio en la mochila. ¡Qué frío hemos pasado!

Unas vacas hacen guardia ante el lago, donde las vistas son realmente de postal, con el pico Vignemale como telón de fondo. Haber madrugado tiene su justo premio y podemos disfrutar de la tranquilidad del lugar sin apenas compañía. Por cierto, hay un pequeño bar donde se puede comprar bebida y algún que otro tentempié.






Después de un rato descansando en la hierba mi hija mayor y yo rodeamos el lago en busca del curso del río y sus cataratas.

Regresamos al prado tras una maravillosa excursión de un par de horas, momento en el cual era ya difícil hacerse hueco entre la gente. Son más de las 12 de la mañana, se ha abierto un día espléndido y la zona se ha convertido en un enorme patio de colegio.










Así el telesilla que a esa hora sube lleno nos baja en solitario. Esta vez no tomamos el segundo telecabina, el que te lleva hasta el parking, sino que hacemos este tramo andando para así ver el 'Pont d'Espagne'..., y las vistas no defraudan.

¡Es maravilloso ver la fuerza del agua, el poder de la naturaleza!




Abandonamos el parking, ya completamente lleno, y el camino de regreso al camping sirve para recuperarse de la emoción vivida: es una excursión imprescindible si se viene a visitar esta zona.

Esa tarde, y dada la cercanía del camping, dimos un paseo por Argeles-Gazost, un pueblo insulso y sin ningún encanto donde lo único imprescindible es no ir a perder el tiempo.


Miércoles, 29 julio

Si el día de ayer puso el listón alto, hoy nos enfrentamos a nuestras propias expectativas, la excursión por excelencia de este trozo de Pirineos.

Nos despertamos a las 7:15h y aunque la mañana aún huele a madrugada nos dirigimos en coche hacia Gavarnie.

Tan solo entrar en el pueblo de Gavarnie, a la derecha, dejamos el coche en un parking de pago. Lo cierto es que somos de los primeros ya que como mucho hay unos 40 coches.

A continuación hay que cruzar el pueblo siguiendo la única calle que está atestada de tiendas de souvenirs y restaurantes, no tiene pérdida..., y enseguida la mirada se alza a lo lejos: allí, a una distancia que erróneamente podemos pensar a tiro de piedra, está nuestro reto:  'El Circo de Gavarnie', una verdadera maravilla de la naturaleza; y 'La Gran Cascada', que con sus 423m de caída representa el salto de agua más alto de Europa.






Desde el mismo pueblo de Gavarnie ya se pueden hacer fotos con la Gran Cascada a lo lejos, si bien lo que nos ha traído hasta aquí es una excursión que en 1h15' nos debe llevar hasta el 'Hotel du Cirque', donde se puede hacer un descanso y tomar algo mientras se disfruta de unas maravillosas vistas. Este mismo trayecto se pueden hacer en caballo o incluso en burro, cuyo servicio se alquila en la misma calle comercial que cruza el pueblo.

Una vez pasado Gavarnie, ya en sus últimas casas, se puede cruzar al margen izquierdo del río, que es por donde sigue el camino hacia la Gran Cascada. Si no cruzamos por ese puente, algo más adelante, hay otro puente por el que cruzar a este margen izquierdo.

Los primeros 45 minutos discurren por un camino sin dificultad. Primero se avanza por el interior de un bosque para después cruzar una bonita zona de Prados llamada 'La Prade'.








A partir de ese momento el camino comienza una ligera pendiente que se va haciendo progresivamente más pronunciada, y aunque no hay complicacions técnicas los más pequeños y los nulamente preparados notaran cierta falta de aliento. A cada giro del camino, cuando ya crees estar llegando al final, una nueva recta con importante desnivel minan la moral, sobre todo porque en este tramo no hay visión directa de la cascada y eso puede provocar cierto desánimo.

Hasta que por fin el edificio del Hotel du Cirque se presenta ante nosotros. En este punto hicimos un merecido descanso y es hasta este punto donde llegan también burros y caballos.




Mucha gente da por bueno haber llegado hasta aquí, donde las fotos son magníficas, pero mi hija mayor y yo quisimos llegar hasta el fondo del Circo, hasta el mismo pie de la Gran Cascada.

Según las guías se trata tan solo de caminar unos 40 minutos más, pero es mucho más que eso y no por el tiempo empleado: primero el sendero discurre en ligera subida que se hace cómodamente, pero poco a poco el sendero se pierde y hay que ascender como se puede por la montaña, en ocasiones semiagachado como buscando el aire más cercano al suelo.

Un punto a tener en cuenta es que la sombra provocada por la propia montaña, unido al agua fresca de la cascada que cae dispersa, hace que la sensación de frío se incremente considerablemente, y que más de uno sin la indumentaria adecuada desistiera de seguir subiendo.










Nosotros sacamos los chubasqueros de la mochila y como pudimos fuimos ascendiendo hasta tocar la pared de la montaña, justo donde el agua de la gran cascada rompía contra las piedras.








Te entran ganas de levantar los brazos en signo de victoria, y casi sin pausa para saborear el reto conseguido iniciamos el descenso. Sin lugar a dudas es la parte más compleja y peligrosa: a cada paso las pequeñas piedras del suelo se deslizaban hacia abajo y el agua de la cascada hacía que algunos pedruscos fuesen muy resbaladizos. Así pues cuidado con subir con niños pequeños.




Y después, con una gran satisfacción regresamos primero al Hotel du Cirque para después continuar hacia el pueblo de Gavarnie.

A esa hora el camino hacia la cascada era más una rambla donde algunos olvidan la incomodidad de los tacones y muchos parecen llevar un manual para excursionistas novatos.

Eso sí, es imposible no ir mirando atrás, nuevamente buscando la perspectiva perfecta de la Gran Cascada.

                          


Ya en el camping, por la tarde, las nubes se fueron oscureciendo y la lluvia se presentó para no abandonarnos.


Jueves, 30 de julio

Hoy toca, o mejor dicho tocaba, una magnífica excursión al Circo de Troumouse, pero la lluvia cae con insistencia así que adiestramos el cuerpo para no hacer nada.

Lo más emocionante y activo del día fue darse un baño en la piscina climatizada cubierta y aprovechar los intérvalos sin lluvia para deslizarnos por los toboganes de la piscina exterior.

Mañana ya iremos a Troumouse.


                           


Viernes, 31 de julio

Ya es mañana..., pero la lluvia no cesa, así que tenemos dos opciones: perfeccionar la holgazanería, o embarrarnos en Troumouse...

Chubasqueros, paraguas, mochilas, botas de montaña y... ¡hacia Troumouse!

Pasado el pueblo de Gedre, en dirección Gavarnie, sale un desvío a la izquierda que indica Heas y Cirque Troumouse, y unos cuantos kilómetros más adelante encontramos una cabina de peaje, que no es más que el acceso a la carretera que recorre los últimos kilómetros hacia Troumouse.

Llueve de forma constante y son numerosos los charcos en pleno asfalto, así que pregunté en el 'peaje' si era peligroso acceder. 

La señora del peaje nos dijo que no había riesgo, así que pagamos los 5€ que cuesta continuar hacia el circo. El paisaje a partir del peaje es fantástico. La carretera se abre paso por una zona cada vez más abierta donde es posible ver multitud de ovejas a pide de asfalto.


Es inevitable ir mirando a las montañas, donde innumerables hilos de agua de lluvia crean un magnífico escenario de cascadas.

Si una imagen vale más que mil palabras, ahí van más de tres mil palabras...









Llegamos a un parking donde parece haber un bar y donde tan solo hay un coche, el de unos franceses que también acaban de llegar. Realmente el paisaje es majestuoso. A diferencia de Gavarnie este circo es más amplio, más abierto y además, ver caer toda aquella agua por la escarpada montaña es sencillamente un espectáculo.



Por momentos el cielo se va oscureciendo. La pareja de franceses se nos acercó para indicarnos que aquello no era el parking del Cirque sino "L'Auberge du Maillet", y que el destino real estaba un par de kilómetros más arriba.





Al momento de reinciar el camino hacia el destino final la lluvia comenzó a caer con mayor insistencia..., y escasos segundos después una confluencia de fenómenos atmosféricos nos hizo pasar por momentos realmente complejos: ahora ya no llovía, literalmente diluviaba; la niebla se apoderó de la montaña y era difícil ver más allá de 3 o 4 metros; y como colofón unos aterradores truenos retumbaban en el circo multiplicando exponencialmente su sonido.





Fue una fantástica mezcla de lo terrorífica y a la vez espectacular que puede ser la naturaleza. Fueron dos kilómetros interminables. Hasta que llegamos a una gran explanada.

¡Ahora sí hemos llegado!

Llueve a cántaros y el parking, de tierra, es poco menos que una piscina. Se hace imposible salir del coche y ni tan solo aquello de "el miedo compartido es menos miedo" nos sirve, ya que en la inmensa explanada que hace de parking tan solo hay siete coches.

La tromba de agua es descomunal. No se ve nada..., y permanecemos en el coche pensando más en cómo salir de allí que en la posibilidad de ver la zona de lagos y los picos que nos rodean.

Cuando amaina la lluvia solo yo bajo del coche sumergiendo las botas en el agua acumulada. La cantidad de agua es increible y toda va montaña abajo formando un improvisado río.

Dos coches arrancan como huyendo del lugar, así que enseguida nos unimos a la huida. Debemos bajar aquellos dos kilómetros que en algunos tramos van muy cargados de agua arrastrando incluso piedras de la montaña, así que, como medida de emergencia nos desatamos el cinturón por si hay que abandonar el barco a toda prisa.

Ahí van un par de imágenes con escasos momentos de diferencia para que veáis la virulencia con la que bajaba el agua.




Pasados aquellos dos kilómetros la carretera no está inundada y hacemos un desembarco tranquilo de manera que cerca de la población de Gedre incluso se abren claros, así que aprovechamos la cercanía del Tourmalet para hacer aquella mítica subida del Tour de Francia. ¡Eso sí, en coche!

En plena carretera unas vacas han salido a dar un paseo...



Nuevamente el paisaje vale la pena, con un verde espectacular y hacemos cuatro fotos antes que el cielo se vuelva a cubrir.









En la cima hay una tienda de souvenirs donde compro una nueva taza, y un bar-restaurante con mesas en el exterior, aunque nuestro deseo es iniciar el descenso, ya que nuevamente se reúnen algunas nubes amenazantes.






La tarde de este viernes sirvió básicamente para dos cosas: para calmar la tensión de la riada de Troumouse, y para preparar las maletas. Mañana regresamos a casa. Mañana acaba este viaje. 

Todos tenemos en mente los sitios que querríamos visitar..., y para mi éste era uno de ellos, así que para mi no ha sido un viaje más..., sino que me queda Un Viaje Menos.


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