El despertador suena a las 4:00 de la mañana. Vamos en coche hacia el aeropuerto, donde nos cruzamos muchos aficionados del Barça, que anoche ganó su tercera Champions League.
Tomamos nuestro avión con escala en Munich y, en un salto de linea...
Ya estamos en Estambul. Primer requisito: antes de recoger la maleta y del control de pasaporte hay que obtener un visado allí donde indica VISA. Es simplemente un sellito que vale 15€ y te permite estar en Turquía durante no más de 90 días.
Tras recoger las maletas nos espera el Sr Sinan con un cartelito con mi nombre. Es el furgonetero del hotel, ya que por pernoctar más de 3 noches algunos hoteles incluyen en el precio el venirte a buscar al aeropuerto.
A toda velocidad y con una destreza envidiable al volante nos lleva al Hotel Yigitalp: 85€ por noche en alojamiento y desayuno; hotel correcto, limpio, agradable, habitación amplia, pero desayuno algo escaso. Bien situado y accesible con un cercano y frecuentísimo tranvía a/desde el centro.
Ya instalados salimos a dar nuestro primer paseo. La primera impresión es que todo Estambul nos mira, que todos los tenderos han salido a ver a los seis turistas. Me siento observado, si bien con los días nos dimos cuenta que los comerciantes estambulíes hacen las ventas en la calle, no dentro de sus locales, van a buscar al cliente hasta perseguirte.
Buscamos algo para comer. Llevo el nombre y dirección de algunos restaurantes recomendados, si bien enseguida nos damos cuenta que muchas calles no tienen el nombre visible y mucho menos número.
Nos encomendamos a Alá y a nuestra orientación, y uno de los dos dio resultado. ¡Allí está! Cafe Mola Burger, en Sehzadebasi 13. Es más bien como un bar de comida rápida.
Nos preparan una mesa enseguida y a la cabeza me viene el pensamiento de que nos van a sablear. Tienen un escaparate con lo que ofrecen y, nuestro dedo, que es el que mejor sabe inglés, señala lo que queremos: arroz, pollo rebozado y algo más con buen aspecto exterior.
Todo está rico y el hambre también hace su efecto. Pedimos un té y esperamos "the bill, please". La traen, la miramos, la remiramos... Intentamos, en balde, adivinar los conceptos... Debe haber algún error. ¡46 liras turcas! (Unos 22€, 6 personas).Dejamos un billete de 50 liras con aquel gesto típico de 'quédate el cambio majo'. Hemos saciado el hambre por menos de 4€ por persona.
Ahora vamos en busca de la ciudad. Primera parada: Mezquita de Kalenderhane. Es pequeña y feucha. Mejor pasad de largo. Proseguimos hacia la Mezquita Suleymaniye. Sabemos que está en obras pero la queremos ver por fuera. En el trayecto vemos muchos paradistas ambulantes con fruta. En Suleymaniye nos dejan ver un ala de la mezquita. Lo poco que vemos tiene un aspecto formidable, pero ahí se queda toda valoración.
Bajamos en dirección al Bazar de las Especias. Las calles están repletas de tiendas con todos sus productos fuera de los locales. ¡Es impresionante! Estambul vive en la calle.
Llegamos al Bazar: curioso y muy bonito. Dulces, especias de todo tipo y color, frutos secos y otros objetos abarrotan cada parada. Sin ni siquiera hablar hacemos decenas de amigos: ¡amigo, aquí más barato que Mercadona! ¡Amigo, viva el Barça!, ¡amigo...! Debe ser cierto que por el rostro se determina la procedencia, porque todos nuestros "amigos" se dirigen a nosotros en castellano... No compramos nada. Hoy no toca. Ser timado requiere un proceso.
En la salida sur del Bazar nos espera la Mezquita nueva. Tanto el exterior como el interior es precioso. Muy recomendable.
Es aconsejable llevar una bolsa para guardar el calzado antes de entrar en las mezquitas, y un pañuelo para que las mujeres se cubran cabeza y hombros.
Una de estas noches queremos cenar algo bajo el Puente Gálata siguiendo algunas recomendaciones. Se nos ocurre pasear por entre los restaurantes para ver qué ofrecen. ¡Craso error! ¡Nunca mais! ¡A las barricadas!
A cada paso que damos el enemigo acecha. Los gerentes de los restaurantes hace rato que nos han fijado como su objetivo y el cerco es cada vez más estrecho. Por allí sólo se puede pasar a cenar, con lo cual hemos pedido guerra sin saberlo.
El bombardeo es continuo, incluso exagerado. Nuestro objetivo, allá donde se acaban los restaurantes, está a menos de cien metros... ¡Allí vuelve a brillar el sol! Vamos, que ya estamos.
Cierro los ojos, no se si me han dado: ¡amigo, aquí mejor cena de Estambul!, ¡amigo, aquí bebida gratis! ¡Amigo, sólo mirar! ¡Amigo...!
Pienso en el Tratado de Ginebra, que prohíbe maltratar al rehén. Voy el primero, no abriendo camino sino huyendo del error.
Ya veo la meta. ¡Aguanta! Ya la toco. Un último esfuerzo. Sudado y exhausto miro atrás. Otros dos han logrado el objetivo. Estamos a punto de abrazarnos. Dos más esquivan las últimas "balas". Pero... ¡no,..., el último de nosotros ha caído! Un amigo camarero de Kurdistán le ha tomado prisionero.
Dudo si volver atrás para ayudarle, pero el sentido común me retiene. ¡Era un buen chico! Sin embargo, como el Ave Fénix resurge de las cenizas. Ya está aquí. Con signos de violencia, pero a salvo. No anda, casi se tambalea. No sé si fue Alá o nuestra destreza, pero uno de los dos nos salvó de la quema.
En el Puerto de Eminonu hay muchos puestos de comida rápida, casi todos a base de pescado. No nos paramos ya que el olor del pescado nos hace ser precavidos.
Continuamos hacia la zona de Sultanahmet. Es una buena subida. Una vez arriba cogemos el tranvía (de hecho, el único que pasa por el centro). Se debe comprar un jetón (ticket en forma de ficha, a 1'40 liras, que se adquiere en la misma estación o en algún quiosko cercano).
Desentranviamos cerca del hotel donde le habíamos echado el ojo a un restaurante, así que allá vamos. Antes de entrar miramos la carta colgada en la entrada y entonces, velozmente, apareció un "amigo" de Galatasaray... porque supongo que sabéis que Galatasaray y Barcelona... bueno, eso... que son casi hermanas.
Queremos cenar en la terraza exterior, que está repleta, y nos dicen que en un minuto nos preparan la mesa. ¡Ni más ni menos! Si bien debo decir que un minuto turco contiene los segundos justos hasta que alguien desaloja una mesa.
Un minuto turco después (unos diez minutos cristianos) nos embarcamos a la cena. Nos agasajan, sin pedirlo, con una exquisita masa de pan que decoramos en pocos segundos turcos.
Después, como en todo el viaje, pedimos varios platos que fuimos compartiendo los seis. Es una manera de probar de todo: hojas de palma con arroz, berenjenas con yoghurt, una especie de pizza turca... Todo muy rico, la verdad.
Cuando pedimos la cuenta me acuerdo más que nunca de la amistad entre Galatasaray y Barcelona. Y no me falla. ¡140 liras los seis! ¡Perfecto, esto va bien!
El hotel está a un paso. Llevamos unas diez horas sin parar en Estambul y el cansancio nos puede. ¡Hasta mañana!
Viernes, 29 de mayo.
Desayunamos temprano. La idea es ir pronto al Palacio Topkapi para evitar colas. Cogemos el tranvía previa compra de un jetón, faltaría más. Bajamos en la parada de Sultanahmet, si bien hubiera sido mejor hacerlo en Gulhane.
Paseamos por la Dogukcesme Cadessi: es una pequeña calle con casas de madera adosadas a la muralla del Palacio Topkapi. Merece alguna foto interesante.
Llegamos al Palacio. Cruzamos la puerta que da al primer patio: mucho césped. A ña izquierda está la Iglesia d Santa Irene, pero sólo se visita con un permiso especial. A la derecha, las taquillas. Entrada: 20 liras. Pasamos por el detector de metales antes de acceder a un segundo patio. Allí te prestan audioguías a 20 liras. Las pueden usar dos personas con cierto cariño. Este patio tan solo lleva hacia un tercer patio, si bien al final a la izquierda también está la entrada al harén. Se paga a parte: 15 liras. Después entraremos.
Seguimos hacia el tercer patio. Este ya tiene edificaciones. Pasamos por salas donde se expone 'el Tesoro'. Está lleno de gente. Vamos en procesión viendo valiosos objetos. No se permiten fotos ni grabaciones.
De momento la visita defrauda. Lo más interesante es el lavabo turco y la correspondiente meada turca. Retrocedemos al segundo patio para ver el harén. Solo entrar se aprecia el cambio. Salas alicatadas con mosaicos, recovecos.. Otro ambiente. Otra sensación. Me gusta, y mi cámara lo nota. Vamos pasando salas de las concubinas...
Al salir vamos en busca del cuarto patio. Se accede a él a través de una especie de pasadizo desde el tercer patio. Sin duda es el mejor. Fuente, azulejos, y vistas. También hay un restaurante, perro los precios no son turcos: un mísero bocadillo, unas patatas y bebida por 34 liras. Por cierto, durante nuestra estancia cambiamos de euros a liras en las agencias de cambio Doviz, donde no aplican comisión: 1€=2'17 liras.
Decidimos no comer allí y vamos retrocediendo patios hasta salir del palacio. A esa hora una auténtica marea de turistas hace su entrada.
Buscamos para comer el restaurante 'Sultanahmet Kuftecisi since 1920', en Divan Yolu 12. Enseguida lo encontramos. Volvemos a compartir varios platos. Son poco consistentes pero nuevamente barato. Salimos. Hace mucho calor. Hacemos cola para entrar en Santa Sofia. La entrada son 20 liras. Me parece caro teniendo en cuenta que está parcialmente andamiada. La noto algo dejada. ¿Será porque no es mezquita?
Una rampa lateral permite subir al primer piso, donde en las paredes se conservan diversos mosaicos antiguos, muy antiguos, y una curiosa puerta de mármol. Es la mejor zona de Santa Sofía.
Al salir cruzamos una gran explanada que desemboca en la Mezquita Azul. Por fuera es espectacular. De pronto, desde los altavoces de los minarete dos señores se intercambian unos 'gritos' . Es la llamada a la oración. No nos permiten entrar hasta dentro de 45 minutos.
Descansamos en el patio de la mezquita. Cuando entramos vemos que la espera ha merecido la pena. Gratis, como en todas las mezquitas. En esto la Iglesia debería tomar nota. La visita a la Mezquita no defrauda.
Al salir de la mezquita buscamos una terracita donde tomar un té. Encontramos uno rápido. Nos damos cuenta que los cojines no necesitan lavado, ya que por mucho frotar no se les hubiera ido toda la mierda. Pedimos tres 'orange tea', dos 'apple tea' y un 'no-se-qué tea'. ¡A cuál peor! Mi orange tea no era más que un poco de 'tang' de naranja recalentado.
Nos fuimos con una de esas malas experiencias que también se traen de los viajes.
Paseamos por el 'antiguo hipódromo', con los obeliscos. ¡Algo pobre!
Caminamos hacia el tranvía no sin antes detenernos en una pastelería donde compramos unos deliciosos dulces turcos: de pistacho, avellanas, con hojaldre y miel...
Regresamos al hotel y en apenas media hora estábamos de nuevo en marcha. Nuestro destino: Plaza Taksim, y desde allí queremos ir bajando por la calle comercial Istiklal Cadessi.
Para llegar a Plaza Taksim tomamos un tranvía (el tranvía) hasta Kavatas, que es la última parada. Una vez allí se camina hacia la cola del tranvía, donde bajan unas escaleras para coger un funicular. Hay que comprar un jetón, al mismo precio, pero ojo que es diferente que el del tranvía.
En un momento aparecemos en Plaza Taksim, donde una marea de gente se dirige hacia Istiklal Cadessi. Es una calle muy animada. Me gusta. Mirad los bares improvisados en primeras y segundas plantas. Mucha gente y música en directo. Algo más adelante giramos a la derecha buscando Nevizade Cadessi: calle extrañamente espectacular; miles de personas por una estrecha calle ocupada a lado y lado por restaurantes. Todo lleno.
Buscamos un restaurante llamado "Ney'le Mey'le", donde te presentan las típicas 'mezzes' (raciones de...) para degustarlas. Está a tope pero nos hacen un hueco.
Comemos bien. Charlamos. Unas mesas más allá unos turcos con una botella de 'raki' entonan una canción. ¡Qué bonito! Cada vez les queda menos raki y cada vez se les aguanta menos la cabeza. ¡Qué pesados! Ya no cantan, balbucean. ¡Qué tostón! Me quedo con las ganas de probar aquel famoso licor raki, que hace "cantar" mejor. "The bill, please": 140 liras. ¡No falla!
Volvemos a la calle y nos vamos haciendo paso entre músicos de tres al cuarto y puestecillos de mejillones. Aquí los venden como el que vende cacahuetes.
Llegamos a Istiklal Cadessi y bajamos en dirección al 'Túnel', ese antiguo metro que hace la bajada hacia el Puente Gálata. Allí enlazaremos en tranvía, que cierra a las 24:00, y en un plis en el hotel.
A primera vista no encontramos el Túnel. Preguntamos. ¡Ah, vale! Nos hemos pasado de largo un par de calles. Son las 23:30. ¡Tranquilos!
No hay manera. Volvemos a preguntar. Volvemos a perdernos. Al Túnel parece que se lo ha tragado la tierra. Decidimos optar por otra estrategia: desandaremos todo lo andado, volviendo a la Plaza Taksim y cogeremos el funicular a Kavatas y después tranvía-hotel.
Pero llegados a Taksim el funiculero nos informa que ya está cerrado. Son las 00.05h. Ahora estamos más lejos, con menos jetons y a merced de los temidos (léase timadores) taxistas.
A alguien se le ocurre volver en bus. En la plaza debe haber millones de ellos (exageración típica del autor). Nos encomendamos de nuevo a Alá o a nuestra buena suerte y....¡efectivamente!... el bus escogido nos deja cerca del hotel. Es la 01:15h. No nos pesa la hora, ni siquiera la odisea del transporte, sino que mañana a las 7:30 hay que despertarse ya que haremos un crucero por el Bósforo al que nos invita el hotel.
Sábado, 30 de mayo.
7:10h, suena el despertador del móvil. Mi primer pensamiento es de cansancio y sueño. ¡Cómo deben estar los demás que son más débiles de alma! La ducha repara mi cara de sueño, y además pienso que en los viajes no hay cansancio que valga.
Bajamos a desayunar, pero uno de nosotros ha causado baja. Ha decidido cambiar el desayuno por media hora más de durmiendo.
A medio café ya me hierve el 'yo-viajero' y estoy pensando en ir aquí, allá y al otro lado.
A las 8:15, hora prevista para la excursión nos presentamos en la recepción del hotel. Con puntualidad turca, o sea, a las 8:45 aparece el 'excursionero'. Hacemos grupos por idioma y nos llevan en primer lugar (nosotros repetíamos) al Bazar de las Especias, donde una argentina explicaba que ayer se perdió. ¡Y eso que es solo una calle! ¡Si llega a ir al Gran Bazar!
A continuación nos suben a un barco turístico que nos lleva por la orilla europea a recorrer el Bósforo. Vemos exteriormente el Palacio Dolmabahçe, el Hotel Four Seasons y algún otro edificio interesante. Todos nos cubrimos con la chaqueta ya que corre una fresca brisa. Frente a nosotros unos tortolitos ligeros de ropa le dan la bienvenida a un futuro resfriado mientras en el agua unos delfines se acercan saludar.
Llegados a la fortificación Hisari Kumeli el barco gira para volver por la orilla asiática. El trayecto se hizo ameno. Al llegar al muelle en el barrio de Kavatas dedicimos los seis separarnos del resto del grupo, ya que con ellos todo se hace muy lento.
Caminamos en dirección al Puente Gálata y entramos en la Mezquiya Nusretiye: visitable. Por la parte de atrás, casi bordeando el mar, y adosado a los muros de la mezquiya hay una curiosa zona de marcha con muchos sofás. Hay ya algunos fumando narguile, no sé si son los primeros clientes de hoy, o los últimos de ayer.
Engaño a mi grupo girando a la derecha para tener frente a nosotros la Torre Gálata, y le dejo a huevo que quieran acercarse. El desnivel es pronunciado, el calor insufrible, y el agua para beber inexistente. Llegamos: una mareada, cuatro con síntomas de cansancio y yo satisfecho. Eso sí, los seis sedientos. Compramos agua. Hasta en el sitio más turístico se mantienen los precios: botella de 1 litro, 2 liras (90 céntimos de euro).
Domingo, 31 de mayo.
Nos despertamos tarde, ¡Ya ves, son las 8:00h!
A las 8:15 ya estamos desayunando. El planning de hoy es acercarse a la Mezquita Eyup, la tercera en importancia de peregrinación del mundo musulmán después de La Meca y Jerusalén. Tenemos tres opciones: desde Plaza Beyazit coger un autobus; desde el Puerto de Eminonu tomar el autobus 99; o desde el mismo Puerto Eminonu coger un barco que sube por el Cuerno de Oro. Nos parece más seductora la última opción. El barco se coge en el segundo muelle a la izquierda del Puente Gálata, atravesando una valla y llegando a una especie de cabaña de madera.
Hay una salida cada 30 minutos, y el trayecto dura unos 25 minutos. Se compran los jetons en la cabaña de madera, a 1'40 liras.
Subimos por el Cuerno de Oro haciendo seis o siete paradas hasta llegar al final, donde un puente azulado no permite el paso de embarcaciones altas como la nuestra. Estamos en la orilla derecha. Desembarcamos y cruzamos al otro lado a través de aquel puente azul. Conforme avanzas van tomando forma los minaretes de la Mezquita de Eyup. Es cuestión de dirigir los pasos hacia allí.
Hemos leido que la zona es más profundamente religiosa, y lo cierto es que se respira un ambiente más auténticamente musulmán. Casi todas las mujeres van cubiertas por el velo, algo que en el Estambul más turístico no se veía tanto.
Pasamos por un nuevo mercadillo donde parece que el regateo no tiene lugar. Al llegar a la mezquita varios niños vestidos con algún traje tradicional celebran su circuncisión. No sé si grabar. Hay unos segundos de tensión. Somos prudentes. Los únicos turistas somos nosotros. Alguien se decide a hacer la primera foto. Esta gente es muy religiosa, ya se ve, pero no parecen mala gente. Enseguida nos mezclamos con relativa facilidad. Yo incluso grabo y alguno de nosotros incluso se atreve a fotografiarse con esos niños "disfrazaditos".
El entrar en la mezquit propiamente vemos que es realmente bonita, en el mismo estilo, eso sí, que las otras de Estambul.
Salimos y, justo en el edificio de enfrente, una cola de musulmanes se adentra en otra sala. Dudamos si añadirnos pero al final lo hacemos. Se trata del lugar donde se halla la tumba sagrada del portaestandarte de Mahoma, lo cual hace de este lugar un importante centro de peregrinación. Todos rezan, algunos susurran versículos del Corán. La cola avanza lenta. Ya estamos dentro. Grabo. Espero que alguien me recrimine. Nadie lo hace. La cola sigue avanzando hasta salir por una puerta posterior. A la salida nos ofrecen terrones de azúcar y golosinas turcas, el significado de lo cual desconocemos.
Nos impregnamos un rato más de todo este ambiente y después nos vamos a adivinar cómo trasladarnos desde esta mezquita hasta San Salvador de Chora, donde nos esperan unos mosaicos magníficamente conservados.
Consulto un plano para saber cómo ir. Buscamos un autobus como una aguja en un pajar. Necesitamos a Alá, o una enorme causalidad... ¡Y ahí está! Una señora mayor se acerca con la clara intención de ayudarnos. El idioma es una barrera, pero le señalo con el dedo 'kariye' (nombre del museo de Chora). Nos hace seguirla cruzando la calle e increíblemente detiene un autobus que no tenía allí parada; pregunta al conductor y nos hace un gesto para que subamos. No sabemos ni el número de bus, y ni siquiera si se trata de un secuestro a tres bandas.
El autobus es pequeñísimo y muy bajito.Un cartel indica que el precio del trayecto es 1 lira. Pagamos 10 y nos devuelven sólo 2. ¡Ni protestamos! Tampoco sabríamos cómo hacerlo. Otra usuario musulmana también baja en 'kariye', y extraordinariamente amable nos acompaña caminando hacia Chora. ¡Alá es grande!
En Chora nos cobran 15 liras por entrar. La iglesia no es demasiado grande, pero los mosaicos son excepcionales. Pasamos algo más de media hora.
Después caminamos un buen rato hacia nuestro próximo objetivo, la Mezquita Fathi: está en obras por dentro y nos vamos sin verla. Seguimos caminando hacia el centro. Pasamos junto al acueducto y poco después tomamos el tranvía que nos devuelve al centro.
Hay hambre, así que comemos en un restaurante cuyo nombre no recuerdo, y casi mejor no recordar. El servicio es muy lento. Un grupo de 16 franceses monopolizan la cocina, pero comemos bien. Pagar es otra aventura, ya que los franceses han decidido pagar por separado y ahora monopolizan la caja.
Con el hambre saciada vamos en busca de la Cisterna Yerebatán. La entrada son 10 liras y lo cierto es que es una curiosa e interesante visita. Más de 300 columnas dan juego a multitud de fotografías.
Al salir paseamos un poco camino del Puerto de Eminonu, desde donde subiremos a un ferrie que nos llevará a Asia. ¡Sí, si, a Asia!
El barco parte del muelle 3. Indica claramente 'Uskudar' y la hora del siguiente ferrie. Hay uno cada 15/20 minutos y en apenas 10 minutos nos presentamos en la orilla asiática.
La excursión vale más la pena por el capricho de haber pisado Asia que por la belleza del lugar; están construyendo un túnel subterráneo para conectarlo con el Estambul de Europa, y el bonito paseo junto al mar se convierte en incierto paseo junto a unas vallas altas. Además, la puesta de sol pasa inadvertida pues unas nubes tapan toda posibilidad.
Después de algo más de una hora decidimos volver a Europa. En el Puerto de Eminonu han improvisado unas paradetas los 'top-manta' y compramos cinturones a 3 liras (1'40€).
En tranvía nos acercamos al centro y cenamos en Enjoyer, en la calle Incili Çavus 25. Comemos bien. Entre pinchito y pinchito echamos unas risas por el espectáculo que ofrecen las dos chicas de la mesa de al lado, que intentan por todos los medios hacerse un hueco en la cama de alguno de los camareros. Pero como la mercancía es pobre los camareros prefieren no aventurarse...
Al pagar nos invitan a un chupito, y..., ¡ahí está mi oportunidad de probar el raki! ¡Glup-glup! Nada del otro mundo.
Tranvía al hotel. Ya es mañana.
¡Buenas noches!
Lunes, 1 de junio.
A las 8:30 aparecemos para desayunar. Son nuetras últimas horas en Estambul. A las 11:50 debemos estar en recepción, donde nos esperará Mr. Sinan con su furgoneta Fórmula-1. Matamos esas pocas horas paseando por las cercanías del hotel y gastando las últimas liras.
A las 12:20 ya estamos en el aeropuerto. Estambul ya queda lejos, pero cerca en la memoria. Despegamos puntuales con Swiss Air para hacer escala en Zurich.
Mientras volamos me da por pensar que siempre debemos dejar alguna excusa para volver. Al recuerdo de lo visto y vivido debemos añadir lo que nos faltó, como la Mezquita Laleli, o la de Rustem Pasha, o fotografiar la Mezquita Azul iluminada en la noche, o visitar las salas ornamentadas del Palacio Dolmabahçe, o quizás asistir a una cena con espectáculo de la danza del vientre en director, o ver bailar a los derviches en el monasterio mezlevi, o quizás una buena puesta de sol desde una Asia sin obras...
También pienso en lo que perdurará en mí de este viaje, qué es aquello en lo que pensaré al hablar de Estambul: el turístico Palacio Topkapi con su harén, la magnificiencia de la Mezquita Azul, las vistas de la Torre Gálata, el crucero por el Bósforo, los mosaicos de Chora, la religiosidad de Eyup, el colorido del Bazar de las Especias..., pero lo que seguramente no olvidaré son sus comerciantes en plena calle, a todas horas, con todos sus productos expuestos sobre las aceras y abordando a potenciales clientes.
Como todo buen viajero, puedo decir que he estado tres veces en Estambul: en la primera, preparando el vieje, me ilusioné; en la segunda, viajando, lo disfruté, y en esta tercera, recordándolo, sonrío, simplemente sonrío.
¡Hasta el próximo viaje!
Bajamos en dirección al Bazar de las Especias. Las calles están repletas de tiendas con todos sus productos fuera de los locales. ¡Es impresionante! Estambul vive en la calle.
Llegamos al Bazar: curioso y muy bonito. Dulces, especias de todo tipo y color, frutos secos y otros objetos abarrotan cada parada. Sin ni siquiera hablar hacemos decenas de amigos: ¡amigo, aquí más barato que Mercadona! ¡Amigo, viva el Barça!, ¡amigo...! Debe ser cierto que por el rostro se determina la procedencia, porque todos nuestros "amigos" se dirigen a nosotros en castellano... No compramos nada. Hoy no toca. Ser timado requiere un proceso.
En la salida sur del Bazar nos espera la Mezquita nueva. Tanto el exterior como el interior es precioso. Muy recomendable.
Es aconsejable llevar una bolsa para guardar el calzado antes de entrar en las mezquitas, y un pañuelo para que las mujeres se cubran cabeza y hombros.
Una de estas noches queremos cenar algo bajo el Puente Gálata siguiendo algunas recomendaciones. Se nos ocurre pasear por entre los restaurantes para ver qué ofrecen. ¡Craso error! ¡Nunca mais! ¡A las barricadas!
A cada paso que damos el enemigo acecha. Los gerentes de los restaurantes hace rato que nos han fijado como su objetivo y el cerco es cada vez más estrecho. Por allí sólo se puede pasar a cenar, con lo cual hemos pedido guerra sin saberlo.
El bombardeo es continuo, incluso exagerado. Nuestro objetivo, allá donde se acaban los restaurantes, está a menos de cien metros... ¡Allí vuelve a brillar el sol! Vamos, que ya estamos.
Cierro los ojos, no se si me han dado: ¡amigo, aquí mejor cena de Estambul!, ¡amigo, aquí bebida gratis! ¡Amigo, sólo mirar! ¡Amigo...!
Pienso en el Tratado de Ginebra, que prohíbe maltratar al rehén. Voy el primero, no abriendo camino sino huyendo del error.
Ya veo la meta. ¡Aguanta! Ya la toco. Un último esfuerzo. Sudado y exhausto miro atrás. Otros dos han logrado el objetivo. Estamos a punto de abrazarnos. Dos más esquivan las últimas "balas". Pero... ¡no,..., el último de nosotros ha caído! Un amigo camarero de Kurdistán le ha tomado prisionero.
Dudo si volver atrás para ayudarle, pero el sentido común me retiene. ¡Era un buen chico! Sin embargo, como el Ave Fénix resurge de las cenizas. Ya está aquí. Con signos de violencia, pero a salvo. No anda, casi se tambalea. No sé si fue Alá o nuestra destreza, pero uno de los dos nos salvó de la quema.
En el Puerto de Eminonu hay muchos puestos de comida rápida, casi todos a base de pescado. No nos paramos ya que el olor del pescado nos hace ser precavidos.
Continuamos hacia la zona de Sultanahmet. Es una buena subida. Una vez arriba cogemos el tranvía (de hecho, el único que pasa por el centro). Se debe comprar un jetón (ticket en forma de ficha, a 1'40 liras, que se adquiere en la misma estación o en algún quiosko cercano).
Desentranviamos cerca del hotel donde le habíamos echado el ojo a un restaurante, así que allá vamos. Antes de entrar miramos la carta colgada en la entrada y entonces, velozmente, apareció un "amigo" de Galatasaray... porque supongo que sabéis que Galatasaray y Barcelona... bueno, eso... que son casi hermanas.
Queremos cenar en la terraza exterior, que está repleta, y nos dicen que en un minuto nos preparan la mesa. ¡Ni más ni menos! Si bien debo decir que un minuto turco contiene los segundos justos hasta que alguien desaloja una mesa.
Un minuto turco después (unos diez minutos cristianos) nos embarcamos a la cena. Nos agasajan, sin pedirlo, con una exquisita masa de pan que decoramos en pocos segundos turcos.
Después, como en todo el viaje, pedimos varios platos que fuimos compartiendo los seis. Es una manera de probar de todo: hojas de palma con arroz, berenjenas con yoghurt, una especie de pizza turca... Todo muy rico, la verdad.
Cuando pedimos la cuenta me acuerdo más que nunca de la amistad entre Galatasaray y Barcelona. Y no me falla. ¡140 liras los seis! ¡Perfecto, esto va bien!
El hotel está a un paso. Llevamos unas diez horas sin parar en Estambul y el cansancio nos puede. ¡Hasta mañana!
Viernes, 29 de mayo.
Desayunamos temprano. La idea es ir pronto al Palacio Topkapi para evitar colas. Cogemos el tranvía previa compra de un jetón, faltaría más. Bajamos en la parada de Sultanahmet, si bien hubiera sido mejor hacerlo en Gulhane.
Paseamos por la Dogukcesme Cadessi: es una pequeña calle con casas de madera adosadas a la muralla del Palacio Topkapi. Merece alguna foto interesante.
Llegamos al Palacio. Cruzamos la puerta que da al primer patio: mucho césped. A ña izquierda está la Iglesia d Santa Irene, pero sólo se visita con un permiso especial. A la derecha, las taquillas. Entrada: 20 liras. Pasamos por el detector de metales antes de acceder a un segundo patio. Allí te prestan audioguías a 20 liras. Las pueden usar dos personas con cierto cariño. Este patio tan solo lleva hacia un tercer patio, si bien al final a la izquierda también está la entrada al harén. Se paga a parte: 15 liras. Después entraremos.
Seguimos hacia el tercer patio. Este ya tiene edificaciones. Pasamos por salas donde se expone 'el Tesoro'. Está lleno de gente. Vamos en procesión viendo valiosos objetos. No se permiten fotos ni grabaciones.
De momento la visita defrauda. Lo más interesante es el lavabo turco y la correspondiente meada turca. Retrocedemos al segundo patio para ver el harén. Solo entrar se aprecia el cambio. Salas alicatadas con mosaicos, recovecos.. Otro ambiente. Otra sensación. Me gusta, y mi cámara lo nota. Vamos pasando salas de las concubinas...
Al salir vamos en busca del cuarto patio. Se accede a él a través de una especie de pasadizo desde el tercer patio. Sin duda es el mejor. Fuente, azulejos, y vistas. También hay un restaurante, perro los precios no son turcos: un mísero bocadillo, unas patatas y bebida por 34 liras. Por cierto, durante nuestra estancia cambiamos de euros a liras en las agencias de cambio Doviz, donde no aplican comisión: 1€=2'17 liras.
Decidimos no comer allí y vamos retrocediendo patios hasta salir del palacio. A esa hora una auténtica marea de turistas hace su entrada.
Buscamos para comer el restaurante 'Sultanahmet Kuftecisi since 1920', en Divan Yolu 12. Enseguida lo encontramos. Volvemos a compartir varios platos. Son poco consistentes pero nuevamente barato. Salimos. Hace mucho calor. Hacemos cola para entrar en Santa Sofia. La entrada son 20 liras. Me parece caro teniendo en cuenta que está parcialmente andamiada. La noto algo dejada. ¿Será porque no es mezquita?
Una rampa lateral permite subir al primer piso, donde en las paredes se conservan diversos mosaicos antiguos, muy antiguos, y una curiosa puerta de mármol. Es la mejor zona de Santa Sofía.
Al salir cruzamos una gran explanada que desemboca en la Mezquita Azul. Por fuera es espectacular. De pronto, desde los altavoces de los minarete dos señores se intercambian unos 'gritos' . Es la llamada a la oración. No nos permiten entrar hasta dentro de 45 minutos.
Descansamos en el patio de la mezquita. Cuando entramos vemos que la espera ha merecido la pena. Gratis, como en todas las mezquitas. En esto la Iglesia debería tomar nota. La visita a la Mezquita no defrauda.
Al salir de la mezquita buscamos una terracita donde tomar un té. Encontramos uno rápido. Nos damos cuenta que los cojines no necesitan lavado, ya que por mucho frotar no se les hubiera ido toda la mierda. Pedimos tres 'orange tea', dos 'apple tea' y un 'no-se-qué tea'. ¡A cuál peor! Mi orange tea no era más que un poco de 'tang' de naranja recalentado.
Nos fuimos con una de esas malas experiencias que también se traen de los viajes.
Paseamos por el 'antiguo hipódromo', con los obeliscos. ¡Algo pobre!
Caminamos hacia el tranvía no sin antes detenernos en una pastelería donde compramos unos deliciosos dulces turcos: de pistacho, avellanas, con hojaldre y miel...
Regresamos al hotel y en apenas media hora estábamos de nuevo en marcha. Nuestro destino: Plaza Taksim, y desde allí queremos ir bajando por la calle comercial Istiklal Cadessi.
Para llegar a Plaza Taksim tomamos un tranvía (el tranvía) hasta Kavatas, que es la última parada. Una vez allí se camina hacia la cola del tranvía, donde bajan unas escaleras para coger un funicular. Hay que comprar un jetón, al mismo precio, pero ojo que es diferente que el del tranvía.
En un momento aparecemos en Plaza Taksim, donde una marea de gente se dirige hacia Istiklal Cadessi. Es una calle muy animada. Me gusta. Mirad los bares improvisados en primeras y segundas plantas. Mucha gente y música en directo. Algo más adelante giramos a la derecha buscando Nevizade Cadessi: calle extrañamente espectacular; miles de personas por una estrecha calle ocupada a lado y lado por restaurantes. Todo lleno.
Buscamos un restaurante llamado "Ney'le Mey'le", donde te presentan las típicas 'mezzes' (raciones de...) para degustarlas. Está a tope pero nos hacen un hueco.
Comemos bien. Charlamos. Unas mesas más allá unos turcos con una botella de 'raki' entonan una canción. ¡Qué bonito! Cada vez les queda menos raki y cada vez se les aguanta menos la cabeza. ¡Qué pesados! Ya no cantan, balbucean. ¡Qué tostón! Me quedo con las ganas de probar aquel famoso licor raki, que hace "cantar" mejor. "The bill, please": 140 liras. ¡No falla!
Volvemos a la calle y nos vamos haciendo paso entre músicos de tres al cuarto y puestecillos de mejillones. Aquí los venden como el que vende cacahuetes.
Llegamos a Istiklal Cadessi y bajamos en dirección al 'Túnel', ese antiguo metro que hace la bajada hacia el Puente Gálata. Allí enlazaremos en tranvía, que cierra a las 24:00, y en un plis en el hotel.
A primera vista no encontramos el Túnel. Preguntamos. ¡Ah, vale! Nos hemos pasado de largo un par de calles. Son las 23:30. ¡Tranquilos!
No hay manera. Volvemos a preguntar. Volvemos a perdernos. Al Túnel parece que se lo ha tragado la tierra. Decidimos optar por otra estrategia: desandaremos todo lo andado, volviendo a la Plaza Taksim y cogeremos el funicular a Kavatas y después tranvía-hotel.
Pero llegados a Taksim el funiculero nos informa que ya está cerrado. Son las 00.05h. Ahora estamos más lejos, con menos jetons y a merced de los temidos (léase timadores) taxistas.
A alguien se le ocurre volver en bus. En la plaza debe haber millones de ellos (exageración típica del autor). Nos encomendamos de nuevo a Alá o a nuestra buena suerte y....¡efectivamente!... el bus escogido nos deja cerca del hotel. Es la 01:15h. No nos pesa la hora, ni siquiera la odisea del transporte, sino que mañana a las 7:30 hay que despertarse ya que haremos un crucero por el Bósforo al que nos invita el hotel.
Sábado, 30 de mayo.
7:10h, suena el despertador del móvil. Mi primer pensamiento es de cansancio y sueño. ¡Cómo deben estar los demás que son más débiles de alma! La ducha repara mi cara de sueño, y además pienso que en los viajes no hay cansancio que valga.
Bajamos a desayunar, pero uno de nosotros ha causado baja. Ha decidido cambiar el desayuno por media hora más de durmiendo.
A medio café ya me hierve el 'yo-viajero' y estoy pensando en ir aquí, allá y al otro lado.
A las 8:15, hora prevista para la excursión nos presentamos en la recepción del hotel. Con puntualidad turca, o sea, a las 8:45 aparece el 'excursionero'. Hacemos grupos por idioma y nos llevan en primer lugar (nosotros repetíamos) al Bazar de las Especias, donde una argentina explicaba que ayer se perdió. ¡Y eso que es solo una calle! ¡Si llega a ir al Gran Bazar!
A continuación nos suben a un barco turístico que nos lleva por la orilla europea a recorrer el Bósforo. Vemos exteriormente el Palacio Dolmabahçe, el Hotel Four Seasons y algún otro edificio interesante. Todos nos cubrimos con la chaqueta ya que corre una fresca brisa. Frente a nosotros unos tortolitos ligeros de ropa le dan la bienvenida a un futuro resfriado mientras en el agua unos delfines se acercan saludar.
Llegados a la fortificación Hisari Kumeli el barco gira para volver por la orilla asiática. El trayecto se hizo ameno. Al llegar al muelle en el barrio de Kavatas dedicimos los seis separarnos del resto del grupo, ya que con ellos todo se hace muy lento.
Caminamos en dirección al Puente Gálata y entramos en la Mezquiya Nusretiye: visitable. Por la parte de atrás, casi bordeando el mar, y adosado a los muros de la mezquiya hay una curiosa zona de marcha con muchos sofás. Hay ya algunos fumando narguile, no sé si son los primeros clientes de hoy, o los últimos de ayer.
Engaño a mi grupo girando a la derecha para tener frente a nosotros la Torre Gálata, y le dejo a huevo que quieran acercarse. El desnivel es pronunciado, el calor insufrible, y el agua para beber inexistente. Llegamos: una mareada, cuatro con síntomas de cansancio y yo satisfecho. Eso sí, los seis sedientos. Compramos agua. Hasta en el sitio más turístico se mantienen los precios: botella de 1 litro, 2 liras (90 céntimos de euro).
Nos clavan 10 liras por subir en ascensor a la Torre. Las vistas son bonitas, pero no valen 10 liras. Hay mucha gente y el paso en la torre es demasiado estrecho.
Bajamos y decidimos comer en un restaurante a escasos 50 metros. Hay muchos y a precios razonables. Aquí nos dejan mirar la carta sin ser abordados. Comemos más consistentemente que otros días pero no me deja especial sabor de boca; debe ser que el menú turco consistía en ensalada griega, carne mexicana y pasta italiana. Lo único turco es el té final y, como no, el precio: 170 liras los seis.
Descendemos por una calle muy pronunciada hacia el Puente Gálata. Tomamos el tranvía dirección el Gran Bazar, con parada Beyazit.
¡Qué comience el regateo! Hacemos los primeros estiramientos. How much? 50..., no, no..., very expensive..., 20...
Acabamos la carrera comprando pañuelos, monederitos y, ...como no..., ¡Ya tengo mi taza!, la que me recuerda, en los desayunos de fin de semana, los 16 países que ya he visitado.
Acabamos la carrera comprando pañuelos, monederitos y, ...como no..., ¡Ya tengo mi taza!, la que me recuerda, en los desayunos de fin de semana, los 16 países que ya he visitado.
Después de casi dos horas regateando hasta con los maniquíes y haciendo muchos amigos: ¡amigo, aquí...!,, ¡amigo...!, salimos del Gran Bazar pensando que hamos hecho grandes negocios, que somos grandes regateadores, pero en el fondo con la sensación de que nos han tomado el pelo..., pero esto también vale en este viaje.
Nos dirigimos nuevamente al otro lado del Puente Gálata, pero esta vez caminando por el lado superior para evitar la zona de los restaurantes avasalladores. A medio puente nos sorprende la magia de una puesta de sol. Hacemos fotos. El sol se va a dormir pero Estambul bulle. Decenas de pescadores lanzan sus anzuelos desde lo alto del puente y pescan su cena y la de más de un turista accidental.
En la primera calle a la derecha, justo frente al mar, en Rittim Cadessi, 17, cenamos junto a la ventana en el Restaurante Olimpyat. La claridad del día, una vez escondido el sol, decae rápidamente, y desde nuestra ventana cenamos pescado con vistas a un iluminado Palacio Topkapi.
Mientras tomamos el té de despedida se oyen petardos y cohetes en la calle. ¡Ahora sí que nos van a clavar! ¡Y lo están celebrando! Traen la cuenta: sólo 150 liras. El camarero nos informa que el Besiktas acaba de ganar la liga de fútbol turca y sus aficionados lo celebran con fuegos artificiales. ¡Ahora lo entiendo!
Vamos en busca del tranvía para regresar al hotel. Suenan los claxons y decenas de personas hondean banderas del Besiktas. Después de tomar un café en el bar del hotel nos dejamos seducir por la bondad de la cama. ¡A dormir!
Domingo, 31 de mayo.
Nos despertamos tarde, ¡Ya ves, son las 8:00h!
A las 8:15 ya estamos desayunando. El planning de hoy es acercarse a la Mezquita Eyup, la tercera en importancia de peregrinación del mundo musulmán después de La Meca y Jerusalén. Tenemos tres opciones: desde Plaza Beyazit coger un autobus; desde el Puerto de Eminonu tomar el autobus 99; o desde el mismo Puerto Eminonu coger un barco que sube por el Cuerno de Oro. Nos parece más seductora la última opción. El barco se coge en el segundo muelle a la izquierda del Puente Gálata, atravesando una valla y llegando a una especie de cabaña de madera.
Hay una salida cada 30 minutos, y el trayecto dura unos 25 minutos. Se compran los jetons en la cabaña de madera, a 1'40 liras.
Subimos por el Cuerno de Oro haciendo seis o siete paradas hasta llegar al final, donde un puente azulado no permite el paso de embarcaciones altas como la nuestra. Estamos en la orilla derecha. Desembarcamos y cruzamos al otro lado a través de aquel puente azul. Conforme avanzas van tomando forma los minaretes de la Mezquita de Eyup. Es cuestión de dirigir los pasos hacia allí.
Hemos leido que la zona es más profundamente religiosa, y lo cierto es que se respira un ambiente más auténticamente musulmán. Casi todas las mujeres van cubiertas por el velo, algo que en el Estambul más turístico no se veía tanto.
Pasamos por un nuevo mercadillo donde parece que el regateo no tiene lugar. Al llegar a la mezquita varios niños vestidos con algún traje tradicional celebran su circuncisión. No sé si grabar. Hay unos segundos de tensión. Somos prudentes. Los únicos turistas somos nosotros. Alguien se decide a hacer la primera foto. Esta gente es muy religiosa, ya se ve, pero no parecen mala gente. Enseguida nos mezclamos con relativa facilidad. Yo incluso grabo y alguno de nosotros incluso se atreve a fotografiarse con esos niños "disfrazaditos".
El entrar en la mezquit propiamente vemos que es realmente bonita, en el mismo estilo, eso sí, que las otras de Estambul.
Salimos y, justo en el edificio de enfrente, una cola de musulmanes se adentra en otra sala. Dudamos si añadirnos pero al final lo hacemos. Se trata del lugar donde se halla la tumba sagrada del portaestandarte de Mahoma, lo cual hace de este lugar un importante centro de peregrinación. Todos rezan, algunos susurran versículos del Corán. La cola avanza lenta. Ya estamos dentro. Grabo. Espero que alguien me recrimine. Nadie lo hace. La cola sigue avanzando hasta salir por una puerta posterior. A la salida nos ofrecen terrones de azúcar y golosinas turcas, el significado de lo cual desconocemos.
Nos impregnamos un rato más de todo este ambiente y después nos vamos a adivinar cómo trasladarnos desde esta mezquita hasta San Salvador de Chora, donde nos esperan unos mosaicos magníficamente conservados.
Consulto un plano para saber cómo ir. Buscamos un autobus como una aguja en un pajar. Necesitamos a Alá, o una enorme causalidad... ¡Y ahí está! Una señora mayor se acerca con la clara intención de ayudarnos. El idioma es una barrera, pero le señalo con el dedo 'kariye' (nombre del museo de Chora). Nos hace seguirla cruzando la calle e increíblemente detiene un autobus que no tenía allí parada; pregunta al conductor y nos hace un gesto para que subamos. No sabemos ni el número de bus, y ni siquiera si se trata de un secuestro a tres bandas.
El autobus es pequeñísimo y muy bajito.Un cartel indica que el precio del trayecto es 1 lira. Pagamos 10 y nos devuelven sólo 2. ¡Ni protestamos! Tampoco sabríamos cómo hacerlo. Otra usuario musulmana también baja en 'kariye', y extraordinariamente amable nos acompaña caminando hacia Chora. ¡Alá es grande!
En Chora nos cobran 15 liras por entrar. La iglesia no es demasiado grande, pero los mosaicos son excepcionales. Pasamos algo más de media hora.
Después caminamos un buen rato hacia nuestro próximo objetivo, la Mezquita Fathi: está en obras por dentro y nos vamos sin verla. Seguimos caminando hacia el centro. Pasamos junto al acueducto y poco después tomamos el tranvía que nos devuelve al centro.
Hay hambre, así que comemos en un restaurante cuyo nombre no recuerdo, y casi mejor no recordar. El servicio es muy lento. Un grupo de 16 franceses monopolizan la cocina, pero comemos bien. Pagar es otra aventura, ya que los franceses han decidido pagar por separado y ahora monopolizan la caja.
Con el hambre saciada vamos en busca de la Cisterna Yerebatán. La entrada son 10 liras y lo cierto es que es una curiosa e interesante visita. Más de 300 columnas dan juego a multitud de fotografías.
Al salir paseamos un poco camino del Puerto de Eminonu, desde donde subiremos a un ferrie que nos llevará a Asia. ¡Sí, si, a Asia!
El barco parte del muelle 3. Indica claramente 'Uskudar' y la hora del siguiente ferrie. Hay uno cada 15/20 minutos y en apenas 10 minutos nos presentamos en la orilla asiática.
La excursión vale más la pena por el capricho de haber pisado Asia que por la belleza del lugar; están construyendo un túnel subterráneo para conectarlo con el Estambul de Europa, y el bonito paseo junto al mar se convierte en incierto paseo junto a unas vallas altas. Además, la puesta de sol pasa inadvertida pues unas nubes tapan toda posibilidad.
Después de algo más de una hora decidimos volver a Europa. En el Puerto de Eminonu han improvisado unas paradetas los 'top-manta' y compramos cinturones a 3 liras (1'40€).
En tranvía nos acercamos al centro y cenamos en Enjoyer, en la calle Incili Çavus 25. Comemos bien. Entre pinchito y pinchito echamos unas risas por el espectáculo que ofrecen las dos chicas de la mesa de al lado, que intentan por todos los medios hacerse un hueco en la cama de alguno de los camareros. Pero como la mercancía es pobre los camareros prefieren no aventurarse...
Al pagar nos invitan a un chupito, y..., ¡ahí está mi oportunidad de probar el raki! ¡Glup-glup! Nada del otro mundo.
Tranvía al hotel. Ya es mañana.
¡Buenas noches!
Lunes, 1 de junio.
A las 8:30 aparecemos para desayunar. Son nuetras últimas horas en Estambul. A las 11:50 debemos estar en recepción, donde nos esperará Mr. Sinan con su furgoneta Fórmula-1. Matamos esas pocas horas paseando por las cercanías del hotel y gastando las últimas liras.
A las 12:20 ya estamos en el aeropuerto. Estambul ya queda lejos, pero cerca en la memoria. Despegamos puntuales con Swiss Air para hacer escala en Zurich.
Mientras volamos me da por pensar que siempre debemos dejar alguna excusa para volver. Al recuerdo de lo visto y vivido debemos añadir lo que nos faltó, como la Mezquita Laleli, o la de Rustem Pasha, o fotografiar la Mezquita Azul iluminada en la noche, o visitar las salas ornamentadas del Palacio Dolmabahçe, o quizás asistir a una cena con espectáculo de la danza del vientre en director, o ver bailar a los derviches en el monasterio mezlevi, o quizás una buena puesta de sol desde una Asia sin obras...
También pienso en lo que perdurará en mí de este viaje, qué es aquello en lo que pensaré al hablar de Estambul: el turístico Palacio Topkapi con su harén, la magnificiencia de la Mezquita Azul, las vistas de la Torre Gálata, el crucero por el Bósforo, los mosaicos de Chora, la religiosidad de Eyup, el colorido del Bazar de las Especias..., pero lo que seguramente no olvidaré son sus comerciantes en plena calle, a todas horas, con todos sus productos expuestos sobre las aceras y abordando a potenciales clientes.
Como todo buen viajero, puedo decir que he estado tres veces en Estambul: en la primera, preparando el vieje, me ilusioné; en la segunda, viajando, lo disfruté, y en esta tercera, recordándolo, sonrío, simplemente sonrío.
¡Hasta el próximo viaje!
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